miércoles, 30 de junio de 2010

Capítulo 12

Había ambulancias, policías, y cristal por todos lados. En la tienda ninguno de nosotros estaba herido, pero a algunos paparazis habían tenido que llevarlos al hospital. La mayoría de las personas embutidas en el cristal habían sido fotógrafos intentando conseguir la foto que los haría ricos. Se rumoreaba que ciertas fotos valdrían cientos de miles de dólares. Después de hoy, creería los rumores.

Lucy permanecía encima mía mientras el médico de la ambulancia me revisaba. Mi protesta de, “estoy bien. No estoy herida,” cayó en saco roto. Cuando Lucy me había encontrado dentro de la charcutería cubierta de cristales rotos se había quedado blanca. Miré a la alta morena y me di cuenta que aunque nunca hubiéramos ido de compras juntas, ella era mi amiga.

El ats tiró del tensiómetro de mi brazo y dijo, “todo parece estar bien. La tensión, todo. Pero no soy doctor, y claro como el día que tampoco un pediatra.”

“¿Entonces piensa que debería ir al hospital?” Preguntó Lucy.

El ats frunció el ceño y sentí su dilema. Si él decía que no y estaba equivocado, el estaría jodido. Pero había otras personas quienes estaban realmente heridos, y si el dejaba a alguno detrás por llevarme, y por casualidad, ese moría, estaría jodido también.

Ella se giró hacia Doyle y Frost buscando su apoyo. “Díganle a ella que necesita ir a un hospital.”

Ambos intercambiaron una mirada, luego Doyle le dio un pequeño asentimiento como si dijese, “Adelante,” y Frost contestó, “No le “diremos” a Merry que eso lo que tiene que hacer, detective. Ella es nuestra princesa.”

“Pero ella lleva vuestros bebes,” dijo Lucy.

“Eso no nos da el derecho de ordenarle.” Dijo.

Doyle añadió, “espero que comprenda que es lo mejor para todos, detective Tate.”

Ella les endureció el gesto a ambos, luego se giró hacia mí. “Prométeme que tendrás cuidado y serás responsable.”

“Lo prometo,” le dije.

Ella tomó un montón de aire, y luego lo dejo de ir lentamente, luego asintió. “Bien. Ok. Te dejaré ir. Si ninguno de vosotros estáis preocupados, no sé por qué me tomo las molestias.”

Le sonreí. “Porque somos amigas, y la amigas se preocupan las unas por las otras.”

Ella me miró casi avergonzada, luego me sonrió abiertamente. “Bien. Ve y disfruta del resto del sábado.”

Doyle extendió una mano y le permití que me ayudara a ponerme de pie aunque realmente no lo necesitaba. Ambos habían estado más calmados que Lucy, pero luego ellos estarían conmigo todo el tiempo. No sabían nada de lo que me había pasado físicamente, pero eran muy cuidadosos en comparación a como lo habían sido antes. Era conmovedor y un poco irritante. Estaba preocupada de que mientras el embarazo progresara sería menos conmovedor y mucho más irritante, pero me preocuparía de esto en otro momento. Éramos libres de ir a la playa, y aun había luz del sol que disfrutar. Todo era estupendo.

El ats preguntó, “¿Entonces, todo terminado aquí princesa?”

“Si,” dijo Lucy, “ve y encuentra a alguien que se esté muriendo por dar una vuelta.”

El sonrió, obviamente aliviado, y corrió por encontrar a alguien quien realmente necesitara una carrera al hospital.

“Te daré un par de policías para que te escolten de vuelta al coche.” Ella señaló con un asentimiento hacia la prensa que estaban refrenados por una cinta y barreras. Extrañamente, los paparazis que habían sido heridos, eran noticia por si solos. Me preguntaba si ellos serían felices de estar al otro lado de la cámara.

“Alguno de ellos nos seguirán a la playa.” Dijo Frost.

“Intentaré perderlos.”

“No, no quiero ver lo que esto podría deparar en las carreteras de la playa.” Dijo Doyle tan rápido que incluso Lucy pilló su ansiedad.

“Tan alto, oscuro, y mortífero, y aun no se siente cómodo con los coches.” Ella dirigió el comentario hacia mí.

Le sonreí y agité mi cabeza.

“Prefiero la limusina; al menos no puedo ver la carretera tan claramente.”

Lucy sonrió y agitó su cabeza. “Sabes, esto hace que me gustes mas, sintiendo miedo por algo, Doyle.”

Él le frunció el cejo, y probablemente iba a responderle, pero el teléfono de ella sonó. Ella lo comprobó, y vio que necesitaba responder. Nos señaló con un dedo para que esperáramos.

“Dime que es un chiste,” dijo ella. Su tono no era nada divertido.

“¿Cómo?,” ella preguntó, luego escuchó y dijo, “ya veremos cómo lo arreglaremos.” Colgó el teléfono y maldijo suavemente, completamente bajo su aliento.

“¿Qué va mal?” Pregunté.

“Mientras estábamos haciendo limpieza de este lío, nuestro testigo se dio a la fuga. No podemos encontrarla.”

“¿Cuándo consiguió ella…?”

“Él no lo sabe. Aparentemente cuando había solo unos pocos de nosotros, el cortejo de Gilda se volvió excitado, cuando ellos se calmaron, el testigo se había ido.” Noté que ella era cuidadosa en no decir el nombre de Bittersweet en público. Era una buena precaución cuando los asesinos eran mágicos; tú nunca sabías quién, o cómo, está escuchando.

“Lucy, lo siento. Si no hubieras tenido que venir a ayudarnos, eso no hubiera ocurrido.”

Ella miró furiosamente a los paparazis que no estaban heridos pero que la policía los había forzado a esperar para interrogarlos. “Tú no hubieras necesitado ayuda si esos bastardos no te hubieran acosado.”

“No creo que puedas culparlo a ellos de algo.” Dije.

“Encontraremos algo,” dijo ella, con su voz llena de furia. El enfadado era probablemente por la escapada de Bittersweet y por tener que contarles a sus jefes que ella estaba rescatando a la princesa de las hadas de los grandes y malos reporteros cuando esto estaba ocurriendo, pero los paparazis ilesos serían un buen objetivo para su enfado.

“Vamos, disfrutad del fin de semana. Le echaré un ojo a esta gente y os daré un escolta para que os acompañe al coche. Mandaré algunos coches para asegurarme que no os siguen desde Fael, pero si ellos te están esperando más allá” –ella se encogió- “no hay nada más que pueda hacer.”

Tomé su mano y se la apreté. “Gracias por todo, y siento que vayas a sufrir por culpa de lo del testigo.”

Ella sonrió, pero sus ojos no eran lo suficientemente felices. “Podré con ello. Vamos, ten tu picnic o lo que sea.” Se apartó, y volvió a su ceño fruncido. Se acercó a nosotros y susurró. “¿Cómo encontrarías a alguien que es solo cuatro pulgadas de alto en una ciudad del tamaño de Los Ángeles?”

Era una buena pregunta, y tenía una práctica respuesta. “Ella es una de las más pequeñas de nosotros, así que ella es muy sensible al metal y a la tecnología. Por tanto búscala en parques, espacios vacíos, calles con aceras con grandes árboles. Ella necesita de la naturaleza para sobrevivir.

“¿Qué clase de hada de las flores es ella?” Preguntó Frost.

“No lo sé,” dijo Lucy.

“Buena idea, Frost,” dije. “Averígualo, Lucy, porque ella estará atraída por sus plantas. Algunas están tan vinculadas a un trozo de tierra que si sus plantas se extinguieran ellas morirían.”

“Guau, eso la hace ambientalmente activa,” dijo Lucy.

Asentí.

“¿Quién podría saber que flores le gustan?”

“Robert debe saber,” dije.

“Gilda sabría,” dijo Doyle.

Lucy le frunció el ceño. “Ella ha sido llamada por su abogado. No va a hablar con nosotros.”

“Lo hará si le dices que no cooperar dañará a su gente,” dijo Doyle.

“No creo que le importe demasiado,” dijo Lucy.

Él le dio una pequeña sonrisa. “Dile que Meredith se preocupa más mas que ella, obviamente esto implica que Meredith es un mejor y afectuoso gobernante, así creo que Gilda como mínimo te dirá las plantas.”

Ella lo miró con un asentimiento de aprobación. “Ellos son guapos y listos. Eso no es feérico. ¿Por qué no puedo encontrar a un príncipe azul como estos tíos?”

No estaba segura de que decir, pero Doyle lo estaba. “No somos los príncipes azules en nuestra historia, detective Tate. Meredith fue a nuestro rescate y nos salvó de nuestros tristes destinos.”

“¿Entonces ella es la princesa azul?”

Él sonrió y esta vez fue brillantemente, algo que usualmente no hacía. Hizo que Lucy se sonrojase solo un poco, y comprendí que a ella le gustaba Doyle. No podía culparla. “Si, detective, ella es nuestra princesa azul.”

Frost tomó una de mis manos en las suyas, y me miró con todo en sus ojos. “Ella lo es.”

“Entonces más bien esperaré a que el príncipe me encuentre, ¿necesito buscar a alguien al que salvar y llevar a casa?”

“Eso funcionó para mi,” dije.

Ella agitó su cabeza. “Salvo a personas todos los días, o lo intento, Merry. Solo una vez me gustaría ser salvada por alguien.”

Agité mi cabeza. “Yo he sido ambas, Lucy. Confía en mí, es mejor ser el que rescate.”

“Si tú lo dices. Tengo que ir a ver si Robert sabe dónde encontrar a nuestra pequeña amiga.” Nos despidió con su mano y se encaminó hacia el gentío.

Dos oficiales uniformados aparecieron como si ella les hubiera dicho que se acercaran cuando ella nos dejara, probablemente lo hizo. Eran nuestros viejos amigos Wright y O’ Brian. “Suponemos que debemos vigilar que lleguen seguros al coche,” dijo Wright.

“Pues vamos,” dije.

Empezamos nuestro viaje de vuelta por el camino que habíamos venido, a través del bombardeo de nuevos flashes de cámaras de más y más paparazis y reporteros.

martes, 29 de junio de 2010

Capítulo 11

Doyle usó su más que humana rapidez para cogerme y llevarnos dentro de la tienda más cercana. Frost cerró la puerta detrás de nosotros. Un hombre protestó, “hey, este es mi negocio.”

Doyle puso mis pies en el suelo del pequeño negocio familiar, una charcutería. El hombre detrás del mostrador estaba quedándose calvo, y rodeado por un delantal blanco. La tienda entera hacia juego con él, anticuada, con piezas de carne, quesos y trozos grasosos de algo en pequeños contenedores. No pensé como había podido sobrevivir en L.A., tierra de la obsesión por la salud.

Luego vi la pequeña fila de clientes que estaba hecha casi por completo por hadas. Había un hombre entrado en años que parecía enteramente humano, pero la baja mujer detrás de él era pequeña y regordeta, con el pelo rojo muy rizado y ojos como los de un halcón, literalmente. Eran amarillos, con las pupilas expandiéndose y contrayéndose como intentando conseguir la mejor vista hacia mí. Un pequeño niño de unos cuatro años se agarró a su falda, mirándonos son sus azules ojos y su pelo rubio blanco, corte moderno; pantalones cortos y bien arreglado. La última persona en la fila tenía un multicoloreado mohawk (corte de pelo) con una larga cola de pelo colgando por sus espalda. El vestía una camiseta blanca con el logo de una banda en ella, pero sus pantalones y su chaleco eran de cuero negro. El estaba agujereado, y estaba atento a la fila, pero luego llegamos nosotros.

Ellos nos miraban fijamente, yo los miraba fijamente de vuelta. El mirar fijamente no estaba considerado grosero entre nosotros.

La mayoría de las hadas no tienen el colesterol alto o alto el azúcar en sangre o cualquiera de las miles de enfermedades que podrían matar a un humano comiendo carnes con sal y conservantes. Los inmortales realmente no tenían ataques al corazón. Tuve un repentino antojo de rosbif.

La puerta se sacudió ruidosamente detrás nuestra. Uno de los reporteros estaba traqueteando la puerta furiosamente, gritándonos para que la abriésemos, diciendo que esta era un área pública. Que no teníamos ningún derecho de hacer esto.

Las cámaras se daban empellones en el cristal convirtiendo la luz diurna en un brillo de flashes. Me giré, protegiendo mis ojos. Aparentemente, me dejé las gafas de sol en el área de descanso de Fael.

El delgado hombre con su mohawk, quien probablemente estaría rondando la adolescencia, vino delante. El hizo una brusca reverencia. “Princesa Meredith, ¿puedo conseguirle un asiento?” Lo miré a su delgada cara verde pálida. Había algo sobre su cara que simplemente no era humano. No podía poner mi dedo en ella, pero la estructura ósea era pequeña para un humano. El parecía un pixie metido en la talla de un humano pequeño con algunas mezclas de genética. Sus orejas puntiagudas tenían casi tantos aros como las de Doyle. Pero los aros de los lóbulos llevaban plumas multicolores que cepillaban sus hombres como un vestido de piel.

“Eso sería encantador,” le dije.

El cogió una de las péquelas sillas y la sujetó para mí. Me hundí en ella agradecidamente. De pronto estaba muy cansada. ¿Era por estar embarazada, o era por este día?

Doyle fue hacia el dueño de la tienda. “¿A dónde sale la puerta trasera?” no era allí donde queríamos ir, pero donde si no.

Una mujer habló mientras ella salía desde la parte de atrás. “No conseguiréis llegar atrás, estoy asustada Princesa y Príncipes. Tengo que atrancar la puerta para mantener a la prensa acosadora fuera de vosotros.”

A primera vista ella cuadraba con su marido, todo suaves pliegues y acogedoras redondeces, humana, luego comprendí que ella se había hecho la misma clase de cirugía que Robert, aunque ella solo se había hecho para pasar por humana, no intentando hacerse preciosa. Guapa había sido suficiente para ella, y cuando pasó el mostrador y me miró con esos ojos marrones, me recordó tanto a mi abuela que hizo que mi pecho y mi garganta se apretaran. No iba a llorar, demonios.

Ella se arrodilló en frente de mí poniendo sus manos encima de las mias. Sus manos estaban frescas al toque como si hubiera estado trabajando con algo frío allí detrás.

Su marido dijo, “levántate, Matilda. Ellos están tomando fotos.”

“Déjalos,” dijo ella por encima de su hombro. Miró por encima de mí con esos ojos que imitaban a los de Gran. “Soy prima de Maggie Mae cocinera de la corte de la Oscuridad.”

Me tomó un momento darme cuenta lo que estaba dando a entender. Una vez supe que no tenía parientes en el exilio del mundo de las hadas. No tenía conocimiento de que pudiera haber otros parientes aquí quienes no fueran sidhe. Sonreí. “Luego tu eres prima de mi Gran.”

Ella asintió. “Sí,” y había un denso acento en esa única palabra como para caminar sobre él. “Si es un brownie de Escocia quien viene al nuevo mundo, desde luego somos primos. Robert está por aquí, pero él es galés, por lo tanto no está emparentado conmigo.”

“Con nosotras.” Dije.

Ella me dio una brillante sonrisa en donde brillaron unos dientes tan blancos solo posible por un dentista. “¿entonces me trataras como familia?”

Asentí. “Claro,” le dije. La tensión, que no me había dado cuenta que había, se fue, como si hasta ese momento ellos hubieran estado nerviosos, o quizás asustados.

“A la mayoría de la aristocracia le gusta pretender que no tienen más que sangre pura de sidhe en sus venas,” dijo ella.

“El no lo finge,” el pixie punki dijo. El asintió hacia Doyle. “Bonitos pendientes. ¿Tienes algo mas agujereado?”

“Sí,” dijo Doyle.

El chico sonrió, haciendo que los aros en los agujeros de su nariz y los de la curva de su labio superior se curvaran alegremente. “Yo también” dijo.

Matilda palmeó mis manos. “Pareces pálida. ¿Estás teniendo hambre de embarazada o estás muerta de hambre?”

Fruncí el ceño por su forma de expresarse. “No te entiendo.”

“Algunas mujeres tienen hambre todo el tiempo otras no quieren ni ver la comida cuando están en cinta.”

Aligeré el fruncido y dije, “estoy famélica por un rosbif. Proteínas.”

De nuevo ella se iluminó con una brillante sonrisa. “Eso lo tenemos.” Ella llamó sobre su hombro al hombre. “Harvey, consigue un rosbif para la Princesa.”

El empezó a protestar sobre los fotógrafos, pero ella se giró y le dio tal mirada que él se giró e hizo justo lo que había dicho que hiciese. Pero aparentemente él no lo estaba haciendo lo suficientemente rápido, ya que ella palmeó mi mano de nuevo y se levantó para supervisarlo, o ayudarlo.

Todos nosotros estábamos pretendiendo que no se estaba formando un gentío de gente presionando contra las ventanas y la puerta. Mantuve mi espalda hacia los flashes que atravesaban el cristal, deseando tener mis gafas de sol. El hombre que parecía joven, ya que probablemente era mayor que yo por un siglo, se acercó a Doyle y a Frost. “¿estás escondiendo tus orejas puntiagudas?”

Le tomó a Frost un momento darse cuenta de que era el al que había preguntado. “No,” dijo él.

El muchacho le miró. “¿Así que eres un sidhe tan puro como pareces?”

“No,” dijo Frost.

“No conozco nada que se parezca a ti.” Dijo el chico

“Soy un sidhe más impuro que Doyle.”

Me giré en la silla y dije, “o yo.”

El chico nos miró uno a uno. El estaba sonriendo, y contento.

Un carraspeo hizo que me girara para ver la mujer con su niño muy humano. La mujer cayó al suelo balanceándose en una reverencia, parpadeando con sus ojos de halcón hacia mí. El niño con ella empezó a hacer lo mismo, pero ella lo cogió del brazo.

“No, no, Félix, ella es una princesa de las hadas, no una humana. Tú no tienes que inclinarte hacia ella.”

El niño frunció el cejo, intentando comprender.

“Soy su niñera,” dijo ella, como si necesitase explicarlo. “Las niñeras feéricas se han vuelto muy populares aquí.”

“No lo sabía”, dije.

Ella sonrió brillantemente. “Nunca dejaría a Félix. He estado con él desde que tenía 3 meses, pero puedo recomendarte unas cuantas si están libres o deseando de estarlo.”

No había pensado en nada de eso, pero… “¿Tienes una tarjeta de presentación?” le pregunté.

Ella me sonrió y cogió una de su bolso. La puso en la mesa y escribió algo en ella. “Este es el número de teléfono de mi casa así no tendrás que ir a la agencia. Ellos no comprenderán que necesitas diferentes cosas que la mayoría de los clientes.”

Cogí la tarjeta y la puse en el pequeño reloj de pulsera ya que era todo lo que llevaba conmigo. Nos estábamos dirigiendo a la playa; quería mi identificación y no mucho más.

Matilda me trajo un pequeño plato con un rosbif doblado habilidosamente. “Iba a ponerte algo más con el pero cuando una señorita está esperando nunca sabes que añadir.”

Le sonreí. “Es perfecto gra-lo siento.”

“Oh, no te preocupes. He estado entre humanos por siglos. Toma más que un gracias para derribar a un brownie, ¿eh Harvey?” Ella ser rio de su propio chiste. Harvey desde detrás del mostrador nos miraba avergonzado y a la vez satisfecho.

El rosbif estaba tierno, era en lo cierto raro, pero exactamente como lo quería. Incluso el pequeño toque de sal era perfecto. Había notado de los antojos que si era sobre comida sabían maravillosos. Me preguntaba si esto era típico.

Matilda se sentó en una silla, y la niñera, quien se llamaba Agnes, hizo lo mismo. No parecía como si cualquiera de nosotros pudiera salir. Estábamos cercados por la prensa. De hecho, los reporteros y paparazis estaban aplastándose contra las ventanas y la puerta. Ellos estaban empezando a intentar empujarla, pero había demasiado peso detrás de ella.

Doyle y Frost permanecían en posición, echándoles un ojo a la gente de fuera. El muchacho estaba con ellos. Obviamente disfrutando de ser uno de los chicos, y estaba mostrando el tatuaje de su hombro a Doyle y Frost.

Matilda le había dicho a Harvey que pusiera el café. Me sobresalté al darme cuenta que esta era la primera vez en semanas que me sentaba con otras mujeres y no me sentía como una princesa, o un detective, o estando custodiada por cualquiera con quien estuviera tratando. Habíamos traído mujeres sidhe con nosotros fuera del mundo de las hadas, pero todas ellas habían sido parte de la guardia del príncipe. Ellas estuvieron siglos sirviendo a mi padre, el Príncipe Essus, y él había sido afectuoso, pero no en exceso; él había sido cuidadoso con los límites, mientras la reina, su hermana, había sido indiferente. Ella había tratado a su guardia como su harem y sus juguetes para atormentar, él había tratado a su guardia con respeto. Él había tenido amantes entre ellas, pero el sexo entre hadas no era menospreciativo. Era solo normal.

Las guardias femeninas darían sus vidas para salvarme, pero ellas protegían a un príncipe, y no había más príncipes en la Corte de la Oscuridad dentro ni fuera del mundo de las hadas. Maté al último de ellos antes de que él me matara a mí. Los guardias no estuvieron de luto por su príncipe perdido. Él había sido un sádico sexual como su madre. Una de las cosas por la que nos habíamos dirigido a escondernos tan lejos de los medios de comunicación era por la cantidad de guardias, tanto masculinos como femeninos, que habían sido traumatizados con torturas de las cuales habían sobrevivido.

Algunos de ellos querían que Doyle, o Frost, o alguno de los otros padres fuera nombrado príncipe así ellas podrían ser su guardia. Tradicionalmente, embarazándome el padre sería príncipe y el futuro rey, o al menos el consorte real. Pero con tantos padres, no había precedente para hacerlos a todos príncipes.

Me senté con las mujeres y solo las escuchaba hablar sobre cosas normales, y me di cuenta que sentándome en la cocina de mi Gran o en la cocina con Maggie Mae había estado tan cercano a lo normal como nunca lo hubiera imaginado.

Por tercera vez en el día sentí lágrimas detrás de mis ojos, en mi garganta. Este era el camino cada vez que pensaba en Gran. Solo hacía un mes desde su muerte. Suponía que tenía derecho. Matilda dijo, “¿Estás bien Princesa?”

“Merry,” dije. “Llámame Merry.”

Esto ganó otra de sus brillantes sonrisas. Luego hubo un sonido detrás nuestra.

Todo nos giramos para ver el cristal empezar a desquebrajarse bajo el apabullante peso de los reporteros contra el.

Doyle y Frost vinieron a mi lado. Ellos me pusieron en pie, y corrimos hacia el mostrador, hacia la parte trasera. Agnes cogió al pequeño niño y corrimos para cubrirnos. Oímos gritos, y el cristal cedió con un fuerte resquebrajamiento.

domingo, 27 de junio de 2010

Capítulo 10

Fui hacia Alice, que estaba detrás del mostrador, y le pregunté, “el hombre con el pelo largo y rubio, implantes de oreja, y músculos de esa mesa, ¿Cuándo se fue?”

“El se fue con la mayoría de los clientes cuando la policía llegó,” ella dijo, y su mirada era seria e inteligente.

“¿Sabes su nombre?”

“Donal” dijo.

“¿Donald?” le pregunté

Ella negó con la cabeza. “No, el es muy insistente sobre ser llamado Donal, no como al estúpido pato. Su cita, no la mía. Adoro los clásicos Disney.”

El comentario me hizo sonreír, pero lo deje ir, y le hice la siguiente pregunta. “¿Es el un cliente habitual?”

Asintió, haciendo a su coleta negra rebotar. “Sip, el viene al menos una vez a la semana, algunas veces dos.”

“¿Como es él?”

Entrecerró sus ojos y me miró. “¿Por qué quieres saberlo?”

“Compláceme.”

“Bueno, él es uno de esos hombres que son groseros hasta que el quiere encandilar a una mujer; luego es muy dulce.”

“¿El ha intentado seducirte?”

“Nop, soy demasiado humana. El solo tiene citas con hadas. Es muy insistente con eso.”

“¿Es el cariñoso con algún tipo de hada en particular?”

De nuevo me dio esa mirada. “Solo las de sangre pura como si él pudiera captarlas. El se cita con muchas hadas diferentes.”
“¿Puedes decirme algunos de sus nombres?”

La voz de Lucy llegó desde detrás nuestra, “¿Y por qué querrías esos nombres, Merry?”

Frost y Doyle se apartaron así podía mirar a la detective. Ella me estaba dando una mirada que hacía a la desconfiada mirada de Alice palidecer en comparación, desde luego Lucy era una policía. Ellos daban grandes sospechosas miradas. Ella habló más bajo. “¿Qué pasa Merry? ¿Qué piensas que vas a sacar en claro?”

La violación frustrada y el autor de las muertes fue conocido públicamente, así que le conté mis sospechas. “¿Realmente piensas que este Donal es el mismo Donald o sea del cliente que me has contado?” ella preguntó.

“Me encantaría darte una fotografía de él y ver si ellos podrían compararlos. Podría ser fácil escuchar Donal y solo ponerle una “d” al final para hacerlo un nombre más familiar, especialmente si estuvieras asustada.”

Lucy asintió. “Suficientemente común. Veré como consigo que alguien le saque una instantánea discretamente.”

“Estaremos felices de ayudar.”

Ella agitó su dedo hacia mí. “No, tú no estás envuelta en esto de nuevo. Si son la misma gente, que casi consiguieron matarte la última vez, no aparecerás en frente de ellos.” Ella miró hacia Frost y a Doyle. “Vamos, chicos grandes, ayudarme en esto.”

“Me encantaría decirle a ella que permaneciera lejos de la gente peligrosa.” Dijo Doyle, “pero ella tiene claro que su trabajo como detective requiero riesgos. Si a nosotros no nos gustase algo, podríamos enviar más guardias con ella y volver a casa.”

Lucy elevó sus cejas a ellos, Frost asintió y dijo, “tuvimos esa charla antes de que fuéramos a la escena del crimen esta mañana.”

“La única carta, como usted diría, que podemos jugar es la del potencial daño de los bebes que ella lleva, e incluso debe ser jugada cuidadosamente.” Dijo Doyle. Sus labios descubrieron durante un momento una sonrisa, como si él estuviera divirtiendo y a la vez no.

“Si, eso es lo que he aprendido. Ella parece toda suave y femenina, pero empújala y será como intentar empujar una pared de ladrillos. No se moverá, ni ella tampoco,” dijo Lucy.
“Conoces a nuestra princesa,” dijo Doyle, y sus palabras fueron tan secas que tuve que tomarme un momento para escuchar el humor en ellas.

Lucy asintió, luego me miró. “Tenemos los nombres de las citas de este tío. Buscaremos por el distrito. Nosotros conseguiremos una foto y lo buscaremos. Y por “nosotros” quiero decir la policía, no tu y alguno o cualquiera de tu agencia o tu séquito.” Ella apuntó su dedo hacia mí como si fuera un niño terco.

“Tú me has usado como señuelo donde el peligro era más real que buscando algunos datos.” Dije.

“No sabía que eras la Princesa Meredith, y que estabas embarazada.” Ella levantó una mano antes de que pudiera hacer más que tomar un suspiro de protesta. “Primero, antes pude traerte a la escena del crimen de hoy, con advertencias de mis superiores de que no te pusiese en peligro. Que si algo te sucediese sería por culpa mía, era mi culo el que cortarían en trocitos.”

Suspiré. “Lo siento, Lucy.”

Ella agitó su mano como si nada. “Pero lo más importante para mí, te conozco desde hace cuatro años, y así es como más feliz te he visto nunca. No quiero joder esto porque estés ayudándome con un caso. No eres un policía. No tienes que poner todo en el caso. Ese es mi trabajo.”

“Pero estas personas están matando a mi gente…”

Una voz aguda llegó. “¡Ellos nos son tu gente! ¡Son la mía! ¡Ellos han sido míos por 60 años!” Ella estaba chillándome como empujándose más cerca mía.

Lucy debió hacer alguna seña porque los oficiales uniformados se movieron parando su progreso. Ellos la bloquearon hasta que solo podía ver el resplandor de luces y el temblor de la cumbre de su corona de cristal.

“¡Salid de mi camino!” ella gritó. Ellos eran policías, no se salían de su camino.

Escuché a alguien gritar, “¡Gilda no!” luego uno de los uniformados cayó recto como si sus rodillas simplemente hubieran colapsado. El no hizo ningún movimiento por cogerse a el mismo, los otros oficiales le siguieron golpeando el suelo.

Los policías empezaron a chillar, “¡Tire la varita! ¡Tírela ahora!”

Doyle y Frost estaban de repente delante de mí y moviéndome lejos de la acción. Doyle dijo, “puerta.”

No lo comprendía al principio, luego Frost estaba llevándome hacia una pequeña puerta secundaria que conducía al exterior. Miré atrás para ver a Doyle cerca detrás de nosotros, pero afrontando a la policía y a Gilda. Protesté, “la puerta tiene alarma. El ruido podría hacerlo todo peor.”

La mano de Frost estaba en la manilla cuando dijo, “dice para emergencias. Esto es una emergencia.” Luego el me arrastró con un solo brazo a través de la puerta con la alarma chirriando y Doyle desparramándose detrás nuestro. Estábamos en la acera bajo la luz cálida del sol.

Doyle me cogió del otro brazo para seguir moviéndonos. “Las balas viajan. No te quiero cerca de ellas.”

Intenté soltar mis manos para liberarme, pero era como intentar hacer palanca al metal.

“Soy un detective. No podéis sacarme del caso cuando se vuelve peligroso.”

“En primer lugar y ante todo somos tus guardaespaldas.” dijo Doyle.

Dejé mis piernas muertas debajo de mí así o ellos paraban o arrastraban mis piernas desnudas y los pies por el cemento. Ellos pararon, pero solo lo suficiente para que Doyle dijera, “cógela.”

Frost me recogió y seguimos alejándonos de la policía y del potencial disturbio feérico. La comitiva de Gilda no se tomaría amigablemente que su reina fuese arrestada, pero ¿Qué otra cosa podían hacer?

“Bien,” dije, “tenéis algo de razón.”

“¿La tenemos?” preguntó Doyle, de repente estando enfrente de Frost y de mi. Me miró furiosamente, podía sentir todo el peso de su enfado a través de sus oscuras gafas. “No creo que te hayamos hecho entrar en razón del todo, o si no hubieras sido la primera en atravesar la puerta.”

“Doyle”, Frost empezó.

“No,” el dijo, y nos apuntó a ambos con su dedo. Cuando Lucy lo hizo me recordaba a un niño siendo regañado, pero era algo fatídico que Doyle extendiera su cabalgante furia por su cuerpo. “¿Qué, si te hubiese alcanzado una bala desviada? ¿Qué, si te hubiese alcanzado una bala desviada en el estómago? ¿Qué, si hubiera matado a nuestros niños porque tu simplemente no huiste?”

No sabía que decir a esto. Solo permanecía allí. El estaba en lo correcto porque él estaba en lo correcto, pero…

“No puedo hacer mi trabajo de ese modo.”

“No,” el dijo, “no puedes.”

De pronto sentí como la primera lágrima se deslizaba por mi cara.

“No llores,” dijo.

Otra lágrima se unió a la primera. Luché por no limpiarlas.

Su mano cayó a su costado y tomó una profunda respiración. “No es justo. No llores.”

“Lo siento, no quise decir eso, pero estás en lo cierto, creo. Estoy embarazada, demonios, no decrépita.”

“Pero tu llevas el futuro de la Corte de la Oscuridad en tu cuerpo.” El se apoyó en mí así que sus brazos rodearon a Frost hasta que sus caras se tocaron y ambos se quedaron mirándome. “Tú y los bebes son demasiado importantes para arriesgarlos, Meredith.”

Me enjuagué las lágrimas, enfadada ahora por haber llorado. Había estado haciéndolo últimamente. El doctor me dijo que eran las hormonas. Demasiadas emociones que no necesitaba justo ahora.

“Estás en lo cierto, pero no sabía que íbamos a acabar con la policía alrededor nuestra y las armas.”

“Si tu simplemente evitaras los casos en los cuales la policía está envuelta, habría más garantía de que el final no estará rodeado por policías y armas.” Dijo.

De nuevo no podía discutir su lógica, pero quería hacerlo. “Primero, bájame; estamos atrayendo demasiada atención.”
Ellos miraron fuera del círculo de sus brazos encima de mí, había gente mirándonos fijamente, susurrando entre ellos. No tenía que oírlos para saber lo que estaban diciendo. “¿Es ella?” “¿La Princesa Meredith?” “¿Son ellos?” “¿Es esa la Oscuridad?” “¿Es ese el Asesino Frost?” Si no teníamos cuidado, alguno podría llamar a la prensa y seríamos sitiados.

Frost me bajó, y comenzamos a andar. Enfocar en movimiento era siempre más difícil al fotografiar. Intenté mantener mi voz baja cuando dije, “no puedo evitar este caso, Doyle. Ellos están asesinando hadas aquí en el único hogar que nos queda. Somos nobles de la corte; las hadas menores están observándonos, esperando para ver que vamos a hacer.”

Una pareja surgió de pronto, la mujer diciendo, “¿Eres tú la Princesa Meredith? ¿Eres tú, no?” Asentí.

“¿Puedo tomarte una foto?”

Hubo un sonido en el lateral como si alguien usara su teléfono para tomar una foto sin preguntar. Si ellos tenían un buen teléfono, la foto podría estar en Internet casi instantáneamente. Teníamos que conseguir llegar al coche y salir de aquí antes de que la prensa cayera sobre nosotros.

“La princesa no se está sintiendo bien,” dijo Doyle, “necesitamos llevarla al coche.”

La mujer tocó mi brazo y dijo, “oh, se lo duro que puede ser estar embarazada. Tuve unos terribles embarazos cada vez. ¿No es así querido?

Su marido asintió, y dijo, “¿Solo una foto rápida?”

Permitimos que hicieran su “rápida” foto la cual raramente era rápida, luego nos apartamos. La voluntaria foto había sido un error, porque otros turistas querían una foto y Doyle dijo no, lo cual los disgustó, “ellos tienen una foto,” ellos dijeron.

Seguimos moviéndonos pero un coche se paró en mitad de la calle, una ventana bajó y una lente de una cámara emergió. Los paparazis habían llegado. Era como el primer golpe del ataque de un tiburón.

Pasaban golpeándote para ver que hacías y si eras comestibles. Si tú lo eras, en el siguiente golpe usarían sus dientes. Teníamos que salir de vista meternos en una propiedad privada antes de que los demás llegaran.

Un hombre voceó desde su coche, “¡Princesa Meredith, mira hacia aquí!” ¿Por qué estas llorando?”

Eso fue todo lo que necesitábamos, no solo fotografías de nosotros sino encima captando que estaba llorando. Ellos se sentían libres para especular el por qué, pero había aprendido que intentar explicarlo era peor. Nos hicimos a nosotros mismos un enfoque en movimiento. Fue lo mejor que podíamos hacer mientras los fotógrafos se acercaban corriendo hacia nosotros por la acera, desde la dirección a la que nos estábamos dirigiendo. Estábamos atrapados.

sábado, 26 de junio de 2010

Retraso

Hola gente, siento el retraso, pero acabo de terminar mis exámenes de la universidad, y como comprenderán eso va por encima de todo, pero la buena noticia es que las actualizaciones serán bastante mas seguidas.

Un abrazo a todo el mundo que esté leyendo Divine Misdemeanors y gracias por vuestro apoyo.

Capítulo 9

Gilda era una visión de luz, encaje y brillos, su vestido, que le llegaba hasta el suelo, tenía dispersos diamantes que atrapaban la luz, cuando ella se movía, en un blanco círculo brillante centelleante. El vestido era azul pálido, pero los destellos de los diamantes eran tan numerosos que casi hacían una elegante cubierta de encaje, así la ilusión era que había un vestido hecho de luz y movimiento bajo el vestido actual. Parecía un poco llamativo para mí, pero hacía juego con el resto de ella, desde su impresionante corona de cristal sobre sus rubios tirabuzones hasta la varita de dos pies de largo con punta estrellada.

Ella era una mágica versión de una película de hada madrina, pero ella había sido la encargada de vestuario de películas en 1940, así cuando la magia salvaje la encontró y le ofreció un deseo, las ropas eran importantes para ella. Nadie sabía la verdad sobre cómo le había sido ofrecida la magia. Ella había contado más de una versión con el transcurso de los años. Cada versión haciéndola parecer más heroica. La última de las historias trataba sobre algo de rescatar a unos niños de un coche ardiendo, creo.

Ella agitó la varita alrededor del cuarto como una reina agitando su cetro hacia sus súbditos. Pero había una espina de poder mientras la varita se movía pasándonos. Cualquier otra cosa era ilusión sobre Gilda, pero la varita era real. Estaba hecha por habilidad feérica, pero más allá nadie había podido decir que era la varita, y de donde había venido. Las varitas mágicas eran muy raras entre nosotros, porque no las necesitábamos.

Cuando Gilda había hecho su deseo, ella no se había dado cuenta que casi todo lo que ella quería la marcaría como una falsificación. Su magia era lo suficiente real, pero la manera en que ella la hacía, todo sobre ella era más cuento de hadas que de hadas realmente.

“Ven aquí pequeña,” dijo, y Bittersweet voló hacia ella. Cualquiera que fuera la clase de hechizo de compulsión, que ella tenía en su voz, era fuerte. Bittersweet se acurrucó en sus dorados tirabuzones, perdida en el deslumbre de luz. Gilda se giró como si fuera a dejar la habitación.

Lucy la llamó, “perdóneme, Gilda, pero no puede llevarse a nuestro testigo aun.”

“Soy su reina. Tengo que protegerla.”

“¿Protegerla de qué?” preguntó Lucy.

El espectáculo de luz dificultaba poder leer la cara de Gilda. Pensé que ella parecía enojada. Su perfecta boca hacía un infeliz mohín. Sus perfectos ojos azules entrecerrados. La última vez que la vi, ella estaba cubierta por polvo dorado, desde sus pestañas hasta el borde de su vestido. Gilda siempre era dorada, pero cambiaba con sus ropas.

“Acoso policial,” dijo. De nuevo ella se giró como si se fuera a ir.

“No acosamos a nuestra testigo,” dijo Lucy.

Robert dijo, “parece como si tuvieras prisa por irte, Hada madrina, casi como si no quisieras que Bittersweet hablara con la policía.”

Se giró hacia nosotros, e incluso a través de toda la ridícula luz y brillos ella estaba enfadada. “Nunca has tenido una lengua cortés, brownie.”

“Una vez te gustó lo suficiente mi lengua, Gilda,” el dijo.

Ella se ruborizó del modo en que las rubias y las pelirrojas lo hacen, hasta el borde de su pelo. “La policía no me permitió traer a toda mi gente aquí dentro. Si Oberon estuviera aquí no te atreverías a decir ese tipo de cosas.”

Frost dijo, “¿Oberon? ¿Quién es Oberon?”

Ella le frunció el ceño. “El es mi rey, mi consorte.” Estrechó sus ojos de nuevo, pero mas como si ella estuviera bizqueando. Me pregunté si las luces de los diamantes eran lo suficientemente brillantes como para afectarle la visión. Ella estaba actuando como si lo fueran.

Su cara se suavizo de pronto. “El Asesino Frost. Había oído que estabas en L.A. Estaba esperando a que me visitaras.” Su voz de repente era dulce y burlona. Había algo de poder en su voz, sobrepasándome como el mar a una piedra. No pensaba que fuera por mi mejorado escudo. Pienso que el encanto simplemente no era para mí.

Se giró y dijo, “Oscuridad, la Oscuridad de la Reina, ahora exiliada de nuestra tierra de las hadas. Había esperado que ambos entraran a mi corte. Ha pasado mucho tiempo desde que había visto a algún hada. Me encantaría que me visitarais algún día.”

“Tu magia no funciona con nosotros.” Dijo Doyle con su profunda voz.

Un escalofrío la recorrió, haciendo que la parte superior de su corona vibrara, el encaje azul tembló, y los diamantes enviaron pequeños arcoíris alrededor de la habitación. “Ven aquí y trae esa grande y profunda voz contigo.”

Frost dijo, “Ella nos está insultando.”

“Más que nosotros,” dijo Doyle.

Cogí bastante aire, y lo dejé ir lentamente, y me moví hacia delante pasando a los policías. Mis hombres se movieron conmigo, y sentí que Gilda sinceramente pensaba que su encanto estaba funcionando. Ahora que habíamos visto lo que ella le había hecho a Bittersweet, y lo que ella había intentado hacer a mis hombres, íbamos a tener que echar un duro vistazo sobre como ella conseguía que los duendes menores le obedecieran. Si todo esto lo hacían mediante la magia y la compulsión y no libremente, era bastante malo.

“Ambos viniendo a mí, que maravilloso,” dijo ella.

“¿Me he perdido algo?” preguntó Lucy como si pasara de ella.

Susurré, “Un concurso de meadas.”

Gilda no podía seguir actuando como si no me viera. Continuó sonriendo a Doyle y a Frost, como si aun pretendiese que ellos estaban acercándose a ella. Ella realmente mantenía su mano a una altura superior a la mía, como si fuera a pasarme por encima.

“Gilda, Hada madrina de Los Ángeles, te saludo,” dije, con una voz baja pero clara.

Ella hizo un pequeño sonido como un humph, luego me miró, bajando su mano como si lo hiciera para eso. “Merry Gentry. De vuelta a la ciudad, ya veo.”

“Toda la realeza feérica sabe que si algún miembro de la realeza señala su título, debe señalar también el del otro, o es un insulto que solo puede ser resuelto por un duelo.” Eso era mitad verdad, había otras opciones, pero un duelo era el final de todas las otras opciones. Pero Gilda no sabía eso.

“Los duelos son ilegales,” dijo ella remilgadamente.

“Como lo es la compulsión la cual roba la libertad de cualquier ciudadano legal de los Estados Unidos.”

Ella pestañeó, frunciendo el ceño. Bittersweet se abrazó a los tirabuzones de Gilda, medio dormida, como si tocar a Gilda hiciera el encanto de hada madrina incluso más fuerte. “No sé de lo que estás hablando.”

“Si, lo sabes,” dije, y me acerqué, así que la luz alrededor de su vestido se reflejaba en mis ojos tricolores y en mi piel luz de luna. “No te recuerdo siendo tan poderosa la última vez que nos vimos, Gilda. ¿Qué has estado haciendo para ganar este poder?”

Estaba lo suficientemente cerca para ver el flash de miedo en sus perfectos ojos azules. Lo enmascaró, pero había estado allí. ¿Qué había estado haciendo que no quería que nadie se enterase? Tuve el pensamiento de que quizás ella realmente no había querido que Bittersweet hablase con la policía. Quizás Gilda sabía más de los asesinatos de lo que aparentaba. Había encantamientos demoníacos, encantamientos olvidados, que permitían a un hada robar el poder de alguien menos poderoso. Había visto a un mago humano el cual había perfeccionado esto de manera que el podía robar poder de otros humanos quienes tenían solo débiles trazas de sangre feérica. Él había intentado violarme. No, no lo maté. El sidhe traidor, quien le había dado al humano el poder, lo mató, antes de que nosotros pudiéramos usarlo para hacer volver el poder hacia su maestro. El traidor estaba muerto ahora, también, todo estaba equilibrado.

Luego comprendí porque había notado al aspirante rubio en el café. Habíamos matado al mago principal del anillo de magia de ladrones y violadores, pero no habíamos cogido a todos ellos. Uno de ellos había sido descrito como un no circuncidado aspirante con un largo pelo rubio llamado Donald. Podría ser una gran coincidencia, pero había visto grandes coincidencias en la vida real. ¿Estaba robando magia lentamente durante meses tanto que había incrementado gradualmente hasta robar toda la magia de los semiduendes de una vez? Solo era magia que guardaban los más pequeños de nosotros para sobrevivir fuera del mundo de las hadas.

Algo debió mostrarse en mi cara, porque Gilda preguntó, “¿Algo va mal? ¿Por qué me estás mirando de esa manera?”

“¿Conoces a un aspirante a elfo llamado Donald?”

“Nunca trato con los falsos elfos. Ellos son una abominación.”

Pensé que su elección de palabras fue interesante. “¿Tienes un amante sidhe?”

“Eso no te concierne.”

Estudié su ofendida cara. ¿Sabría ella la diferencia entre un aspirante bien hecho y uno real? Dudé que ella hubiera estado con un sidhe verdadero de las cortes, y si nunca habías estado con uno de verdad tendrías problemas detectando el falso.

Sonreí, y dije, “agarra ese pensamiento.” Empecé a ir hacia la puerta detrás de ella. Doyle y Frost me siguieron como sombras.

Lucy me llamó, “Merry, ¿a dónde vas?”

“Necesito comprobar una cosa en el café,” le dije pero siguiendo en movimiento. La habitación estaba espesa con tanta gente, policías de diferentes tipos, y el séquito que seguía a Gilda a cualquier parte, y que la policía no había permitido entrar en la habitación. Ellos eran un bonito lote, casi tan brillantes y espectaculares como su señora. Todavía había clientes en las mesas, mezcla de humanos y hadas. Algunos tomando té y pasteles, pero otros estaban allí simplemente mirando embobados.

Empujaba de mi camino al gentío, hasta que Doyle se movió delante de mí y la gente parecía que se apartaba sola de su camino. Cuando el quería el podía ser muy intimidante. Había visto hombres salir de su camino sin siquiera el conocimiento de por qué ellos estaban haciendo eso. Pero cuando Doyle consiguió llevarme a través del gentío, la mesa en la cual había estado el aspirante rubio estaba vacía.

jueves, 17 de junio de 2010

Capítulo 8

Una voz vino a través de la puerta, alta y musical; solo orla me hizo sonreír. “Bittersweet, mi niña, no tengas miedo. Tu hada madrina está aquí.”

Bittersweet descendió hacia el suelo de nuevo. “Gilda,” ella dijo en una incierta voz. El sonido de abeja estaba bajando junto al perfume de la hierba dorada por el sol.

“Si, querida, soy Gilda. Cálmate allí y la buena policía me permitirá entrar.”

Bittersweet flotó al suelo en frente de los sorprendidos Wright y O’ Brian. La pequeña hada rió y los dos oficiales rieron con ella. Los semiduendes eran nuestra gente más pequeña, pero algunos de ellos tenían glamur para rivalizar con los sidhe, aunque la mayoría de mi gente nunca lo admitiría.

Me encontré a mi misma queriendo ayudar a Gilda a conseguir atravesar la puerta. Eché una ojeada a los detectives para ver el glamur trabajando en ellos, pero no lo estaba. Ellos solo parecían confundidos, como si ellos oyeran una canción pero ésta estaba demasiado lejos para comprender las palabras. Podía escuchar la canción también, algo como una caja de música, o el tintineo de una campanilla, o campanas, o… Me protegí duramente, ejercitando mi mente, y conseguí empujar la canción lejos. Ya no quería sonreír como un tonto o ayudar a Gilda a que entrara por la puerta. Bittersweet rió de nuevo y el compañero de Lucy también lo hizo, nerviosamente, como si supiera que no debería.

Lucy dijo, “¿Has vuelto a dejar tu anti-glamur en casa?”

El se encogió de hombros.

Ella buscó en sus bolsillos y le dio una bolsa pequeña. “Traje extra hoy.” Ella hizo un movimiento rápido de ojos hacia mí como preguntándose si me había resultado una ofensa.

“Algunas veces incluso yo llevo protección,” dije. No añadí en voz alta, pero normalmente solo alrededor de mis parientes.

Lucy me dio una rápida sonrisa de agradecimiento.

Susurré a Doyle y a Frost, “¿Sentís la persuasión de Gilda?”

“Si,” dijo Frost.

“Esta apuntada solo hacia las hadas,” dijo Doyle, “pero ella no tiene la precisión para apuntar solo a Bittersweet.”

Miré hacia atrás mía, a Robert. El parecía estar bien, pero se acercaba más a nosotros, a mi mirada. “Sabes que los brownies somos hadas solitarias, Princesa. No somos tan fáciles de tomar con este tipo de cosas.”

Asentí. Sabía esto, pero con la cirugía plástica hecha me hacía pensar en Robert como un brownie menos puro.

“Pero solo porque pueda luchar no significa que no lo sienta,” dijo y tembló. “Ella es una abominación, pero tiene coraje.”

Estaba un poco sorprendida por su uso de la palabra “abominación”. Era reservado para humanos quienes habían caído enredados en la magia salvaje y cambiados en algo monstruoso. Había conocido a Gilda, y “monstruoso” no era la palabra que yo hubiera usado para describirla. Pero solo la había visto una vez, brevemente, en los días en que todo el mundo en L.A. pensaba que yo era solo una humana con mucha sangre de hada en alguna parte de mi árbol genealógico. No era suficientemente importante o lo suficientemente aduladora con ella para que se interesase en mí.

Los detectives se movieron en la pequeña área partida. Robert nos señaló para ir primeros. Le di una mirada, y el susurró, “ella hará eso sobre las reinas. Quiero dejar claro cual reina escogería.”

Susurré de vuelta, “no soy reina.”

“Te reconozco, alta, oscura y guapa, dejándolo todo por amor.” El sonrió burlonamente y había algo del viejo brownie en esa sonrisa; se necesitaba menos de esos perfectos dientes y menos de esa perfecta cara, pero todavía era una mirada lasciva.

Le sonreí de vuelta.

“Tengo en bien la autoridad de la Diosa bajando y coronándoos a ambos.”

“Exageraciones,” dije. “El poder del reino de las hadas y la Diosa, pero no había un materialización física de la deidad.”

Meneó la mano, “Eso es buscarle tres pies al gato, Merry, si todavía puedo llamarte así, ¿o prefieres Meredith?”

“Merry está bien.”

Él le sonrió a mis dos hombres, quieres estaban abstraídos en la lejana puerta que estaba abriéndose. “La última vez que vi a esos dos eran los perros guardianes de la reina,” el me miraba con esos astutos ojos marrones. “Algunos hombre s corren hacia el poder, Merry, y algunas mujeres son más reinas sin una corona que otras que tienen una.”

Mientras la puerta era abierta y Gilda, Hada Madrina de Los Ángeles, entraba con aire majestuoso en la habitación.

miércoles, 16 de junio de 2010

Holaaa

Heyyy, muchas gracias a todo el mundo que está leyendo y por sus comentarios, solo decirles a la gente que me ha pedido poner la traduccion en sus foros, que si que pueden hacerlo sin ningún problema.

Un abrazo y ánimo pa España que podemos!!!!

Capítulo 7

“Ellos corrían colina abajo,” dijo Bittersweet en una alta y casi musical voz, pero esta música estaba desafinada hoy. Era la muestra de su estrés mientras ella intentaba contestar a las preguntas.

Estaba escondida en el cuello de Robert, mirando a hurtadillas como una niña asustada a los dos detectives vestidos de paisanos. Quizás ella estaba así de asustada, o quizás estaba interpretando un poco. La mayoría de los humanos trataban a los semiduendes como niños, por lo pequeños que eran, los ingenuos humanos vistos por ellos. Lo sabía bien.

Los dos uniformados, Wright y O’ Brian, habían asumido puestos en la puerta lejana, donde los detectives le habían dicho que permanecieran. El Fear Dearg se había ido a ayudar en la tienda, aunque le había dado un par de consejos con cuanta ayuda podía darle a los clientes. El parecía más animado a asustarlos que a tomar sus pedidos.

“¿Cuántos corrieron colina abajo?” preguntó Lucy con una paciente voz. Su compañero tenía una libreta donde estaba escribiendo. Lucy me había explicado una vez que algunas personas se ponían nerviosas mirando sus palabras siendo escritas. Podía ayudar a intimidar a sospechosos, pero también podría intimidar a testigos lo que era la última cosa que querían. El compromiso era que Lucy permitía a su compañero anotar mientras estaba siendo interrogada. Ella hizo lo mismo por mí en una ocasión.

“Cuatro, cinco. No estoy segura.” Ella escondió su cara contra el cuello de Robert. Sus delgados hombros empezaron a agitarse, y comprendimos que estaba llorando otra vez.

Lo que todos habíamos aprendido muy rápido era que ellos habían sido aspirantes a elfos machos completos con pelo largo e implantes de orejas. Había en alguna parte entre cuatro y seis de ellos, o más. Ella era muy confusa a veces, porque la mayoría de las hadas, especialmente aquellos que todavía hacían sus originales trabajos orientados a la naturaleza, usaban luz, no relojes para juzgar el tiempo.

Robert tenía a la semiduende comiendo un poco más de pastel. Tuvimos que explicarles a los detectives por qué era importante. Oh, ¿Y por qué seguíamos aquí? Cuando nos íbamos a ir, Bittersweet se había puesto histérica otra vez. Ella parecía convencida que la princesa y su guardia real harían a la policía humana comportarse, sino ellos la arrastrarían hacia la estación de policía con todo el metal y tecnología, y la matarían por accidente.

Traté de responder por Lucy diciendo que era una de los buenos, pero Bittersweet había perdido a alguien que amaba en un accidente hace décadas cuando ella y él vinieron por primera vez a L.A.. Suponía que si perdiese a uno de mis amores por la negligencia de la policía, tendría problemas de confianza también.

Lucy lo intentó de nuevo, “¿Puedes describirnos los aspirantes que corrían colina abajo?”

Bittersweet echó un vistazo con manchas de glaseado en su diminuta boca. Era tan inocente, tan víctima, aun sabiendo que la mayoría de los semiduendes preferirían la sangre fresca sobre los dulces.

“Todos son altos para mi, así que ellos eran altos,” ella lo dijo en una pequeña y aguda voz. Esta no era la voz que nos había estado chillando. Estaba jugando con los humanos. Era sospechoso, o simplemente un hábito, camuflaje para que la gente grande no le hiriese.

“¿De qué color tenían el pelo?” preguntó Lucy.

“Uno lo tenía negro como la noche, otro amarillo como hojas de arce antes de que se caigan, otro era amarillo pálido como las rosas cuando se destiñen por el sol, otro tenía el pelo como hojas cuando se han caído y pierden todo el color marrón, aunque este son marrón después de una lluvia.”

Todos esperamos, pero ella volvió al pastelito que Robert le aguantaba para ella.

“¿Qué llevaban puesto, Bittersweet?”

“Plástico,” dijo ella, al rato.

“¿Qué quieres decir con plástico?” Lucy preguntó

“Plástico transparente como el que usas para envolver las sobras.”

“¿Dices que ellos vestían un envoltorio plástico?”

Ella agitó su cabeza. “Ellos llevaban plástico sobre sus pelos y ropas, y en sus manos.”

Miré a Lucy y a su compañero luchando por no delatar que las noticias les excitaban. Esta pequeña descripción podía ayudar a explicar algo del la escena del crimen, teniendo fe en la declaración de Bittersweet. “¿Cuál era el color del plástico?”

Bebí a sorbos de mi té e intenté no atraer la atención sobre mí. Frost, Doyle y yo estábamos aquí porque Bittersweet confiaba que no la dejaríamos caer en las garras de la policía humana. Ella confiaba como la mayoría de las hadas menores hacían, que los nobles de su corte serían nobles. Lo intentaríamos. Lucy había insistido que si Doyle se sentaba en el sofá conmigo sería mejor que estar como una oscura amenaza de pie. Así que estaba sentada en el sofá entre los dos. Frost incluso se había movido desde el brazo del sofá al sofá, así tampoco sería una amenaza para ninguno.

“No tenía color,” Bittersweet dijo, y susurró algo en la oreja de Robert. El se estiró cuidadosamente para coger la taza de té así ella podría beber de ella. Era tan grande como para que se bañase en ella.

“¿Quieres decir”, preguntó Lucy, “que era transparente?”

“Eso es lo que dije,” y ella sonó un poquito más irritada. ¿Era el glamur, con el cual los semiduendes eran muy, pero que muy buenos, lo que daba un eco de zumbido de abeja a sus palabras?

“Entonces, ¿podías ver sus ropas debajo del plástico?”

Ella pareció pensar sobre ello, luego asintió.

“¿Puedes describir las ropas?”

“Ropas, ellos llevaban ropas, debajo del plástico.” De pronto ella elevó, sus claras alas de libélulas zumbando alrededor de ella como el movimiento del halo de un arcoíris. “Ellos eran gente grande. Ellos eran humanos. Ninguno de ellos se parecía a mí.” El zumbido subió de volumen, como si fuera con el trasfondo de sus palabras.

El compañero de Lucy dijo, “¿alguien escucha abejas?”

Robert se puso de pie, subiendo sus manos hacia el hada en el aire como alentarías a un pájaro para que se posara en tu mano. “Bittersweet, ellos quieren ayudar a encontrar a los hombres quienes hicieron esa terrible cosa. Ellos están aquí para ayudarte.”

El sonido de su zumbido aumentó mucho más alto, mucho más fuerte. Si hubiera estado fuera, hubiera salido corriendo. El nivel de la tensión en el cuarto subió. Incluso Frost y Doyle estaban tensos a mi lado, aunque sabíamos que el sonido era una ilusión como la que mantenía curiosa a la gente grande para estar más cerca de las pequeñas hadas, o sus plantas. Era un sonido diseñado a ponerte nervioso, o a que quisieras ir a cualquier otra parte. Lo que estaba logrando.

Hubo otro golpe fuerte de la puerta, Lucy dijo, “no ahora.” Ella mantuvo sus ojos en el hada voladora. Ella no estaba tratando a Bittersweet como a un niño ahora. Lucy había estado en su trabajo lo suficiente; ellos podían sentir el peligro. Todos los mejores policías podían notar esa sensación arrastrándose por la parte posterior de sus cuellos. Es como ellos permanecían vivos.

Robert lo intentó de nuevo. “Bittersweet, por favor, ellos están aquí para ayudarte.”

Wright abrió la puerta lo suficiente para pillar el mensaje de Lucy. Había un urgente cuchicheo de acá para allá.

La pierna de Doyle estaba tensa bajo mi brazo, listo para saltar hacia delante. La línea del cuerpo de Frost tenía un ligero temblor en toda longitud donde fuera tocado por mí como un ansioso caballo. Ellos estaban en lo cierto. Si Bittersweet usara el mismo poder con los detectives que el que había noqueado a Doyle y Robert, ellos podrían ser heridos gravemente.

Por primera vez me pregunté si Bittersweet estaba más que asustada. Una vez transformada en histeria, ¿pero dos? Me pregunté, ¿estaría ella loca? Ocurría en las hadas al igual que en los humanos. Algunas hadas se volvían locas en el exilio del reino de las hadas. ¿Se había imaginado nuestra testigo estrella a los asesinos? ¿Todo esto era para nada?

Robert se movió hacia adelante, su mano todavía elevada. “Bittersweet, cielo, por favor. Hay más pastel, y mandaré a por más té.”

El enojado zumbido subía de volumen cada vez más. La tensión en la habitación crecía con la fuerza del sonido como una nota musical alargándose tanto como si fuera a durar para siempre.

Ella se giró en el aire, sus alas haciendo un plateado y borroso arcoíris alrededor de su cuerpo. Diminuto como ella era, todo lo que podía pensar era que ella planeaba en el aire como uno de esos aviones de combate. La analogía debía haber sido ridícula para alguien con cuatro pulgadas de altura, pero la mala intención se enrollaba en ondas sobre ella.

“No soy una tonta brownie para ser calmada con dulces y té,” dijo ella.

Robert bajó el brazo, lentamente, porque el insulto era verdadero. Los brownies tomaban sus pagos en dulces y tés, o bueno licor en los viejos tiempos.

Había alguna clase de conmoción fuera de la puerta, voces altas, como si un gentío estuviera intentando lograr pasar a la policía, los cuales sabía que tendrían que estar al otro lado. Bittersweet hizo otro de esos precisos, casi mecánicos giros, esta vez hacia la puerta y el sonido. “Los asesinos están aquí. No les permitiré tomar mi magia y destruirme.” Si alguien forzara la puerta ahora, ella los lastimaría, o al menos lastimaría a Wright y a O’ Brian, quienes estaban al otro lado de la puerta.

Hice la única cosa que podía hacer. Hablé. “Pediste mi ayuda, Bittersweet.”

La maligna muñeca voladora se giró hacia mí. Doyle se movió ligeramente hacia delante del sofá, así si ella tenía otra explosión de poder él podría ser mi escudo. El cuerpo de Frost estaba tan tenso a mi lado que sentí como sus músculos debían de doler. Luché por no tensarme, por estar calmada, y transmitir tranquilidad hacia Bittersweet. Ella era una cosa zumbante llena de furia, y me pregunté de nuevo si ella estaba loca.

“Me rogaste por que permaneciera aquí y guardara tu seguridad. Me quedé, y me he asegurado de que la policía no te lleve a algún lugar con más metal y tecnología.”

Ella cayó hacia el suelo para luego subir de nuevo, pero no tan alto, y no tan preciso. Sabía suficiente de seres alados como para saber que eso era confusión, una vacilación. El sonido de abejas empezó a debilitarse.

Ella se inclinó hacia delante, su diminuta cara elevada y dijo, “permaneciste porque estaba asustada. Permaneciste porque te lo pedí.”

“Si,” le dije, “esa es exactamente la verdad, Bittersweet.”

Las voces de fuera crecieron en volumen, más estridentes. “Es demasiado tarde, Reina Meredith. Ellos han venido.” Bittersweet se giró hacia la puerta. “Ellos han venido para cogerme.” Su voz sonaba distante, y mal. Danu nos salve, ella estaba loca. La pregunta era, ¿la locura había venido antes o después de que ella viera a sus amigos muertos? El sonido de abejas empezó a elevarse de nuevo, y llegaba el olor del verano del sol pegando sobre la hierba.

“Ellos no vienen a cogerte, Bittersweet.” Dije, y envié calma hacia ella. Deseé haber tenido a Galen o Abeloec con nosotros; ellos podían proyectar emociones positivas. Abe podía hacer parar a los guerreros en la mitad de una batalla y que tomaran juntos una copa. Galen hacía feliz a todo el mundo que estuviera a su alrededor. Ninguno de los tres que estábamos sentados aquí podíamos hacer nada de eso. Podíamos matar a Bittersweet para salvar a los humanos del daño, pero ¿podíamos frenarla?

“Bittersweet, me llamaste reina. Como tu reina te ordeno no dañar a nadie en este lugar.”

Ella me miró por encima de su hombro y sus ojos almendrados destellaron azul con su magia. “No soy Bittersweet nunca más. Solo soy Bitter, y nosotros no tenemos reina.” Ella dijo. Ella empezó a volar hacia la puerta.

O’ Brian dijo, “¿Detectives?”

Todos nos levantamos y empezamos a movernos cuidadosamente después de la semiduende. Lucy estaba más cerca de mí y susurró. “¿Qué clase de daño puede hacer ella realmente?”

“El suficiente para despegar la puerta de sus bisagras.” Dije.

“Con mi gente entre ella y la puerta.” Dijo Lucy.

“Si,” dije.

“Bien, mierda.”

Estuve de acuerdo.

domingo, 13 de junio de 2010

Capítulo 6

No era un gran policía malo. Sino unos grandes oficiales de policía malos. Uno de los policías era una mujer, y ellos eran perfectamente buenos, pero Bittersweet no se tranquilizaría.

A la policía no le gustaba el Fear Dearg. Supongo que si no has pasado tu vida alrededor de seres quienes lo hacían parecer un modelo del GQ el debería ser valorado con un poco de miedo. El problema realmente era que al Fear Dearg le gustaba que ella le temiese. El mantenía un ojo en Bittersweet, pero también avanzaba lentamente cada vez más cerca de la rubia mujer en su escaso uniforme.

Llevaba el pelo hacia atrás tenso en una cola de caballo. Su compañero era un poco más mayor. Apostaba a que ella era nueva. Los novatos tendían a tomarse las cosas más seriamente al principio.

Robert había pedido a Eric que fuera a ayudar a Alice. También adiviné que él había mandado a su amor humano lejos de Bittersweet por si diera el caso de que ella perdiera el control de sus poderes de nuevo. Si ella golpeara a Eric de la manera que había golpeado a Robert y a Doyle, el habría estado herido. Mejor rodear al hada histérica con gente quienes fueran más duros de lo que un humano de sangre pura podía ser.

Bittersweet estaba sentada en la mesa de café llorando silenciosamente. Ella se había extenuado así misma con sus histerismos, sus estallidos de energía y sus llantos; todo esto le había costado su cuota. Era realmente posible para un hada tan diminuta agotar su energía, tanto que ellos podían disiparse. Era especialmente peligroso fuera del mundo de las hadas. El metal y la tecnología entorno a un hada lo hacían aún más duro. ¿Cómo había llegado algo tan pequeño a L.A.? ¿Por qué había sido exiliada, o ella había seguido sus flores silvestres a través del país como el insecto al que se parecía? Algunas hadas de las flores eran muy devotas de sus plantas, especialmente si ellas eran de una especie específica. Eran como cualquier fanático: mientras más reduces el grupo, más devoto puedes ser.

Robert había tomado una de las sillas de piel y dejado el sofá para nosotros. El sofá realmente era de un agradable tamaño para alturas entre la de Robert y la mía, y la altura media de los trabajadores humanos. Lo cual significaba que para mí era perfecto, pero probablemente para Doyle y Frost no del todo bien, pero ellos no estaban interesados en sentarse, así que no importaba.

Frost se sentó en uno de los brazos de sofá al lado mío. Doyle permaneció cerca de la “puerta” que dividía la habitación, y mantenía un ojo fuera. Ya que mis guardias no se sentaron, los policías tampoco quisieron hacerlo. Al policía mayor, Oficial Wright, no le gustaban mis hombres. El medía unos seis pies y estaba en buena forma, desde su corto perlo castaño hasta sus cómodas y bien elegidas botas. El seguía mirando de Frost a Doyle a la pequeña hada en la mesa, pero mayormente a Frost y a Doyle. Apostaba a que Wright había aprendido un o dos cosas sobre potencial físico en sus años de trabajo. Cualquiera podía llegar a esa conclusión, cosa que a mis hombres nunca les gustó. A ningún policía le gustaba pensar que ellos no serían el perro más grande de la habitación solo en el caso de que una pelea de perros se desatase.

O’ Brian, la novata, medía unos 6 pies al menos, por lo cual era más alta que yo, pero no estaba igual que su compañero y mis guardias. Apostaba que ella estaba acostumbrada a esto, lo que ella no estaba acostumbrada era a tener a su lado al Fear Dearg. El había estado cerca de ella todo el tiempo. No estaba haciendo nada malo, nada de lo que ella pudiera quejarse más invadir su espacio personal, pero apostaba a que ella se había tomado a conciencia las clases de relaciones ente humanos y hadas. Una de las diferencias culturales entre nosotros y la mayoría de los americanos era que nosotros no teníamos la frontera de espacio personal que mayoría sí, así que si el Oficial O’ Brian se quejaba, ella estaría siendo insensible hacia nuestra gente con la Princesa Meredith sentada justo allí. La observé intentando no ponerse nerviosa mientras el Fear Dearg se movía justo un poco más cerca de ella. Vi el pensamiento en sus ojos azules cuando ella intentó escabullirse de las implicaciones políticas para decirle al Fear Dearg que parase.

Hubo un cortés toque a la puerta, lo que significa que no era Lucy y su gente. La mayoría de la policía tenía toques autoritarios. Robert dijo, “Pase.”

Alice atravesó la puerta con una bandeja de pastelitos. “Aquí hay algo para picar mientras tomo vuestros pedidos.” Nos sonrió a todos, mostrando hoyuelos en las esquinas de su gran boca roja. El pintalabios rojo era la única variante de su conjunto negro y blanco. ¿Duró un poco más su sonrisa para Fear Dearg? ¿Se endurecieron sus ojos por su cercanía con O’ Brian? Quizás, o solo lo estaba buscando.

Ella vaciló con los dulces insegura de a quien servir primero. Le ayudé con la decisión. “¿Está Bittersweet fría al tacto, Robert?”

Robert se había apartado para sentarse con el semiduende y ella todavía estaba quieta en su hombro, acurrucada contra la suave línea de su cuello. “Si. Ella necesita algo dulce.”

Alice me dio una sonrisa de agradecimiento, luego ofreció la bandeja primeramente a su jefe y la pequeña hada. Robert tomó un glaseado y lo mantuvo enfrente de la pequeña hada. Ella parecía no notarlo.

“¿Está ella herida?”, preguntó el Oficial Wright, y de pronto el estaba más alerta, algo más. Había visto otros policías hacer eso, y a algunos de mis guardias. Un minuto ellos estaban parados allí, al siguiente estaban modo “on”, ellos eran policías, o guerreros. Es como si presionaran un interruptor interno y de pronto eran algo más.

La Oficial O’ Brian intentó imitarle, pero ella era demasiado nueva. Ella no sabía cómo encender el modo hiperalerta, aun. Aprendería.

Sentí a Frost tensarse al lado mía en el brazo del sofá. Sabía que si Doyle hubiera estado en el otro lado, hubiera sentido lo mismo. Ellos eran todos guerreros, y era duro para ellos no reaccionar frente al otro hombre.

“Bittersweet ha perdido mucha energía,” dije, “y necesita recargarse.”

Ahora Alice nos estaba ofreciendo la bandeja de dulces a Frost y a mí. Tomé el segundo glaseado, el cual estaba en algún lugar entre una magdalena y algo pequeño, pero el glaseado era blanco y espumoso, y de pronto estaba hambrienta. Noté que desde que estaba embarazada, me sentía bien, y al momento podía sentirme hambrienta.

Frost negó con la cabeza. El quería mantener sus manos libres. ¿Tenía hambre? ¿Con cuanta frecuencia él y Doyle permanecieron en un banquete al lado de la Reina protegiéndola mientras el resto de nosotros comíamos? ¿Había sido duro para ellos? Nunca se me había ocurrido preguntárselo, y no podía preguntárselo ahora en frente de tantos extraños. Lo archivé para más tarde y empecé a comer mi pastelito lamiendo el glaseado.

“Ella parece como si hubiera tenido un día duro,” dijo Wright.

Caí en la cuenta de que ellos no debían saber el por qué estaban aquí protegiendo a Bittersweet. Simplemente le habrían dicho que había un testigo que proteger, o quizás aun menos. Ellos le habrían dicho que aparecieran y la vigilaran, y eso era lo que estaban haciendo.

“Lo ha tenido, pero es más que eso. Ella necesita abastecerse.” Corrí un dedo por el glaseado y lo lamí de la punta de mi dedo. Era un glaseado casero, pero no demasiado dulce.

“¿Quiere decir comer?” O’ Brian preguntó.

Asentí. “Si, pero es más que eso. Cuando comemos no seguimos sintiéndonos hambrientos, incluso un poco enfermos. Cuando eres de sangre caliente, mientras más pequeño eres más duro es mantener la temperatura de tu cuerpo y tu nivel de energía. Las musarañas tienen que comer cinco veces su propio cuerpo en peso cada día para no estar famélicos.”

Dejé mi dedo y le di un lametón al glaseado del pastel. El Oficial Wright me echó un vistazo, de una manera rápida y lo ignoré. Ninguno de los policías cogió algo de la bandeja, manteniendo sus manos libres, también, ¿o es que le habían dicho que no comieran comida proveniente de las hadas? Esto era una regla solo en el mundo de las hadas y si eras humano. Pero no dije nada, porque si ellos estaban pasando de los pasteles por miedo a la magia de las hadas, sería un insulto hacia Robert.

El Fear Dearg cogió un pedazo de pastel de zanahoria de la bandeja, sonriendo traviesamente hacia Alice. Luego me miró. No había inclinación en las esquinas de sus ojos, simplemente me miró. Entre las hadas si tú estás intentando ser sexy y alguien no lo notaba, era un insulto. ¿Estaba intentando ser yo sexy? Creo que no. Solo quería mi glaseado primero, y sin cubiertos allí no había otra opción.

Robert aun retenía el pastelito en su hombro para la pequeña hada. “Por mí, Bittersweet, solo un poco.”

“¿Quiere decir que ella podría morir si no come algo?” O’ Brian preguntó.

“No es solo eso. La histeria en ella usó toda su magia y se alimentó de algo de su poder que permite hacerla funcionar a este tamaño y todavía ser un ser razonable.”

“Solo soy un policía, necesita usar palabras más pequeñas, o menos de ellas.” Dijo Wright. Me miraba mientras lo dijo, de una manera muy rápida. Lo estaba haciendo sentir incómodo. Entre los humanos yo estaba siendo grosera. Entre las hadas, el habría sido grosero.

Frost deslizó un brazo alrededor mía, sus dedos rozando la zona descubierta de mi hombro. El estaba todavía observando la habitación, pero su toque me permitió saber que él lo había notado, y que él estaba pensado que querría que usara esa misma habilidad en su cuerpo. Los humanos que intentaban regirse bajo estas leyes a menudo se equivocaban y eran demasiado sexuales respecto a ellas. La policía no notó ningún sobeteo.

Hablé a los oficiales mientras los dedos de Frost trazaban delicados círculos en mi hombro. Doyle estaba en desventaja. El estaba muy lejos para tocarme, pero el necesitaba poner su atención en la puerta, ¿Cuánto podía el responder a mi conducta y no ser un mal guardia? Comprendí que este era un dilema en el que la reina los había puesto por siglos. El no le habría mostrado nada a ella; la frialdad, la inamovible Oscuridad. Dejé el pastel mientras hablaba con los policías y pensaba sobre ello.

“Toma energía para usar su cerebro. Toma energía para andar, y para hacer muchas otras cosas que hacemos con nuestro tamaño. Ahora encojámonos y tomemos magia para hacer a un hada como Bittersweet poder existir.”

“¿Quiere decir que sin magia ella no podría sobrevivir?” preguntó O’ Brian.

“Quiero decir que ella tiene un aura mágica, por carecer de un mejor término, que la rodea y le permite funcionar. Si ella existe mediante leyes físicas y biológicas imposibles; solo la magia sostiene al más pequeño de nosotros.”

Ambos oficiales miraban a la pequeña hada mientras ella sacaba el glaseado del pastel y se lo comía tan delicadamente como un gato con leche en sus patas.

Alice dijo, “Nunca había escuchado una explicación tan clara antes.” Le hizo un movimiento de cabeza a Robert. “Lo siento, jefe, pero es la verdad.”

Robert dijo, “No, tienes razón.” El me miró, y era una mirada más intencionada que antes. “Olvidé que fuiste educada en escuelas humanas. Tienes una licenciatura en ciencias de la biología, ¿no es así?”

Asentí.

“Únicamente sirve para poder explicar nuestro mundo a su mundo.”

Pensé en encogerme de hombros, pero solo dije, “he estado explicando mi mundo a su mundo desde que tenía seis años y mi padre me sacó del mundo de las hadas para ser educada en una escuela pública.”

“Algunos de nosotros que estábamos exiliados cuando esto ocurrió siempre nos preguntábamos por qué el Príncipe Essus lo hizo.”

Sonreí. “Estoy segura de que habían muchos rumores.”

“Sí, pero no la verdad, creo.”

Me encogí de hombros. Mi padre me llevó al exilio porque su hermana, mi tía, la Reina del Aire y de la Oscuridad, había intentado ahogarme. Si hubiera sido un verdadero sidhe e inmortal, no podría haber muerto ahogada. El hecho de que mi padre tuviera que salvarme significaba que no era inmortal, y para mi tía Andais eso significaba que no era diferente a cuando alguna perra de pura sangre queda embarazada accidentalmente por el chucho del vecino. Si yo podía ser ahogada entonces debía serlo.

Mi padre nos llevó a mí y a su familia al exilio manteniéndome a salvo. El hizo conocer esto a los medios de comunicación humanos así sabría mi país de nacimiento, y no ser solo una criatura del reino de las hadas. Fue una de las mejores publicidades que la corte de la Oscuridad nunca tuvo.

Robert me estaba mirando. Volví a mi glaseado, porque no me atrevía a compartir la verdad con nadie fuera de la corte. Los secretos familiares son algo de los sidhe, en serio. Alice tenía el set de la bandeja en la mesa del café y estaba tomando los pedidos, empezando por el lado opuesto con Doyle. El pidió un exótico café que había pedido la primera vez que vinimos aquí, y que le gustó tener en casa. No era un café que hubiera visto en el mundo de las hadas, lo cual significaba que él había salido afuera bastante para apasionarse por él. El era también el único sidhe que hubiera visto con un piercing en el pezón a conjunto con todos sus pendientes. De nuevo, se los tuvo que hacer fuera del reino de las hadas, ¿pero cuándo? En toda mi vida el no había estado lejos del lado de la reina por mucho tiempo que yo recordase.

Le amaba muchísimo, pero era en momentos como este en los que me daba cuenta, de nuevo, que honestamente no sabía mucho de él, no en realidad.

El Fear Dearg pidió una de estas bebidas de café que son más un batido que un café. Los oficiales pasaron, y luego fue mi turno. Quería un té Earl Grey, pero el doctor me había quitado la cafeína durante el periodo de embarazo. Earl Grey sin cafeína parecía incorrecto, así que pedí un té verde de jazmín. Frost pidió un sencillo té de Assam, pero con leche y azúcar. A él le gustaba el té negro preparado fuerte, luego lo hacía dulce e intolerable.

Robert pidió té con leche para él y para Bittersweet. Podía venir con bollitos, una crema parecida a la mantequilla, y deliciosa mermelada de fresa. Fael era famoso por sus tés con leche.

Casi pedí uno, pero los bollitos no iban bien con el té verde. No sería lo mismo, y de pronto no me apetecía nada dulce. Las proteínas sonaban mejor. ¿Estaría empezando a tener antojos? Me apoyé en la mesa y dejé el pastelillo a medio comer en una servilleta. El glaseado no tenía ningún atractivo ahora.

Robert dijo, “Vuelve a los oficiales, Alice. Ellos al menos necesitaran café.”

Wright dijo, “estamos de servicio.”

“Como nosotros,” dijo Doyle con esa profundidad, una voz tan gruesa como la melaza. “¿Estás insinuando que nosotros estimamos menos nuestra obligación que vosotros, Oficial Wright?”

Ellos pidieron café. O’ Brian fue primera y pidió café negro, Wright pidió un café helado con nata y chocolate, un batido casi tan dulce como el que Fear Dearg había pedido. O’ Brian le echó una mirada rápida a Wright, y esa mirada fue suficiente. Si ella hubiera sabido que él iba a pedir algo así de nena, ella hubiera pedido algo lejano al café negro. Vi el pensamiento llegar a su cara; ¿cambiaría su pedido?

“Oficial O’ Brian, ¿Te gustaría cambiar tu pedido?” Pregunté. Limpié mis dedos en otra servilleta. De repente no quería tener ningún resto de glaseado.

Ella dijo, “Yo… no, gracias, Princesa Meredith.”

Wright hizo un ruido con su garganta. Ella le miró, confundida. “No le dices eso a un hada.”

“¿Decir qué?” ella preguntó.

“Gracias,” dijo. “Algunas hadas ancianas toman un gracias como un grave insulto.”

Ella se ruborizó a través de su bronceado. “Lo siento,” dijo, luego se paró confundida y miró a Wright.

“Está bien,” dije, “no soy tan mayor para ver un gracias como un insulto, pero es una buena regla general cuando tratas con nosotros.”

“Soy lo bastante viejo,” dijo Robert, “pero he estado por aquí demasiado tiempo como para ser insultado por muchas cosas.” El sonrió, y era una buena sonrisa, toda blanca, perfectos dientes y atractiva cara. Me pregunté cuanto le habría costado. Mi abuela había sido media brownie, así que sabía cuánto había cambiado.

Alice se fue con nuestros pedidos. La puerta se cerró detrás de ella, y luego hubo un firme y fuerte golpe. Hizo que Bittersweet saltara y tocara la camiseta de Robert con las manos cubiertas de glaseado. Ahora esto era la policía. Lucy entró sin esperar invitación.

sábado, 12 de junio de 2010

Capítulo 5

Fael era todo de madera pulida, tallado a mano cuidadosamente. Sabía que la mayoría de la carpintería de interior había sido recuperada de los salones del viejo Oeste que habían sido demolidos. El perfume herbal y el dulce almizcle de la cera combinaban con el rico aroma del té, y de fondo estaba el perfume del café, tan delicioso que podías saborearlo en tu lengua. Debían de haber terminado de moler café fresco para algún cliente, porque Robert insistía que el café se tapara fuertemente. El quería guardar el frescor, pero era más que el olor del café no aplastara el dulce aroma de sus tés.

Todas las mesas estaban llenas, y había gente sentada en los lados curvados del bar, esperando por mesa o para tomarse un té. Había casi el mismo número de humanos que de hadas, pero ellos eran hadas menores. Bajé un poco el glamur, aquí podíamos ser los únicos sidhe. No había muchos sidhe en el exilio en L.A., pero algunos los habíamos visto aquí en Fael un lugar frecuentado por seres menores. Había un par de clubs más allá que se encargaban de los sidhe y de los aspirantes a sidhe. Ahora que había iluminado la piel de Doyle, sus orejas lo marcaban como un posible aspirante quien había obtenido esas orejas puntiagudas con implantes, así el parecía como un “elfo”. Realmente había otro hombre alto sentado en la mesa más lejana con sus propios implantes. Incluso se había dejado crecer su largo pelo rubio liso. Era atractivo, pero la forma de sus fuertes hombros decía que se los trabajaba duro en el gimnasio, y un poco de brusquedad que lo marcaba como humano y no como sidhe, como una escultura que no estaba del todo suave.

El aspirante rubio estaba mirándonos. La mayoría de los clientes lo hacían, pero luego apartaban la mirada. El rubio alternaba la mirada de su taza de té a nosotros, no me gustaba ese nivel de atención. El era demasiado humano para ver a través del glamur, pero no me gustaba. Y no estaba segura de por qué. Era como si lo hubiera visto en algún lugar anteriormente, o debería saber quién es. Una sensación constante. Probablemente estaba un poco nerviosa. Las escenas de asesinato hacen que algunas veces, veas tipos malos por doquier.

Doyle tocó mi brazo. “¿Qué está mal?” Susurró contra mi pelo.

“Nada. Solo pensé que conocía a alguien.”

“¿El rubio con los implantes?” me preguntó.

“Hm-hm,” le dije, sin mover mis labios, porque realmente no me gustaba como nos estuviera mirando.

“Bien hecho por unirnos en esta bonita mañana”. Era una sana y calurosa voz, una que te recibía y te hacía feliz por haber venido. Robert Thrasher, como en una paliza de trigo, permanecía detrás del abrillantado mostrador de madera con una blanca y limpia ropa. El nos estaba sonriendo, su bonita avellanada cara marrón. El había permitido que la cirugía moderna le diera una nariz, hacía sus pómulos y barbilla elegantes, aunque pequeños. El era alto para un brownie, mi propia estatura, pero todavía bajo, el doctor el cual había hecho su cara se había asegurado que si tu no lo habías conocido antes de que el solo tuviese dos agujeros donde debería estar la nariz, y una cara cercana a la del Fear Dearg, nunca sabrías que él no había sido este delicado y guapo hombre toda su vida.

Si cualquiera me preguntase por una recomendación de cirugía plástica, lo mandaría al doctor de Robert. El sonrió, solo el borde de sus ojos marrones oscuros mostraban su preocupación, pero ninguno de los clientes podía ver esto. “Tengo tu pedido en la parte de atrás. Vuelve y tómate una taza antes de que lo apruebes.”

“Suena bien,” dije, todo feliz para ir con su tono. Había vivido en la corte de la Oscuridad donde la única magia que podía hacer era el glamur. Sabía cómo pretender sentir cosas que no estaba sintiendo para nada. Esto me hizo buena para el trabajo en secreto de la Agencia de Detectives Grey.

Robert ofreció el paño a una joven mujer quien parecía una chica de calendario para Góticos del Mes, desde su pelo negro hasta su minivestido de terciopelo negro, sus medias de rayas, y sus anticuados y retros zapatos. Ella llevaba un tatuaje en el cuello y un piercing a través de sus labios pintados de negro.

“Cuida la parte de delante por mí, Alice.”

“Lo haré,” dijo y le sonrió radiantemente. Ah, un gótico alegre, no uno sombrío. La actitud positiva hace una mejor ayuda en la barra.

El Fear Dearg estaba detrás nuestra, retorciendo su cara en una sonrisa para la alta chica humana. Ella le sonrió, y no había sombra en su cara que dijera cualquier cosa excepto atracción por el hada menor.

Robert se estaba moviendo y estábamos siguiéndole, así que dejé ir las especulaciones de si Alice y el Fear Dearg eran pareja, o al menos conectaban. El no era mi tipo, pero luego supe de lo que él era capaz, ¿sería el de ella?

Agité mi cabeza y lo rechacé. Su vida amorosa no me incumbía. El espacio de la oficina era cuidado y moderno pero con cálidos tonos tierra, tenía una pared con fotografías de hogares para que así todos los empleados, incluso aquellos sin escritorio, pudieran traer fotos familiares y verlas durante el día. Robert y su compañero estaban fotografiados en camisetas tropicales en frente de un precioso atardecer. Alice la gótica tenía varias fotos, cada una con un amigo diferente; quizás era solo amistosa. Había un tabique, todavía en esa cálida sombra entre habano y marrón, que separaba el área de descanso del espacio de oficina. Oímos las voces antes de que pudiéramos verlos por el tabique. Una era baja y masculina, la otra era alta y femenina.

Robert los llamó con una alegre voz, “tenemos vista, Bittersweet.”

Hubo un pequeño grito, y el sonido de porcelana rota, luego giramos alrededor de la esquina del tabique. Había un bonito sofá de piel con cojines, una larga mesa de café, algunas bebidas y máquinas de aperitivos casi escondidas por un biombo oriental, un hombre y una pequeña hada voladora.

“Lo prometiste,” chilló ella, y su voz era fina y enojada tanto que había un rastro de un zumbido, como si ella fuera el insecto al cual se parecía. “¡Prometiste que no lo contarías!”

El hombre estaba de pie, intentando confortarla mientras ella sobrevolaba cerca del techo. Sus alas eran una imagen borrosa, y sabía que cuando parara de moverlas no serían alas de mariposa, pero algo muy rápido. Sus alas reflejaban la luz artificial con pequeños parpadeos de colores de arcoíris. Su vestido era morado, solo un poco más oscuro que el mío propio. Su cabello caía sobre sus hombros en ondas rubias y blancas. Ella apenas taparía mi mano, pequeña incluso para los estándares de los semiduendes.

El hombre que intentaba calmarla era el compañero de Robert, Eric, quien tenía unos 5 pies de altura, esbelto, pulcro, bronceado y atractivo de una manera pija. Ellos llevaban siendo una pareja más de 10 años. Antes de Eric, el último amor de Robert había sido una mujer a la cual le había sido fiel hasta su muerte a los ochenta y algo. Pensé que era valiente que Robert amara a otro humano tan pronto.

Robert habló bruscamente. “Bittersweet, no prometimos contárselo a nadie, pero fuiste tú la que voló hacia aquí farfullando histéricamente. ¿Creíste que alguien no lo contaría? Estás de suerte ya que la princesa y sus hombres están aquí antes que la policía.”

Ella voló hacia él, con sus diminutas manos listas para pelear, y en sus ojos brillando la furia. Ella le golpeó. Pensarías que algo tan pequeño como una barbie no podría encajarte un puñetazo, pero estarías equivocado.

Ella le golpeó, y yo estaba detrás de él, así que sentí las ondas de energía que vinieron antes y alrededor de su puño como una pequeña explosión. Robert estaba en el aire, e inclinándose hacia mí. Solo la rapidez de Doyle poniéndose entre mí y el hombre cayéndose, y Frost jalándome del camino de ambos, hicieron que no cayera también.

Bittersweet volvió contra nosotros, y vi la onda de poder alrededor de ella como el calor en un día de verano. Su pelo formaba un aro pálido alrededor de su cara, alzado por el viento de su propia energía. Era la magia que mantenía un “humano” tan pequeño vivo, sin ella tendría que comer múltiples veces su propio cuerpo en peso cada día, como un colibrí o una musaraña.

“No seas imprudente,” dijo Frost. Su piel se sentía fría contra la mía como si su magia despertara en un hormigueo del frío invierno. El glamur que había usado para ocultarnos decreció, en parte porque para conservarlo con su magia viniendo era duro, y en parte porque esperaba ayudar a traer a la pequeña hada hacia sus sentidos.

Sus alas pararon, y tuve un momento para ver el cristal de alas de libélulas en su diminuto cuerpo, como si ella hubiera estado en el aire y en el equivalente humano hubiera tropezado en un suelo desnivelado. Eso hizo que bajara hacia el suelo antes de que se cogiera a ella misma y subió hasta el nivel de los ojos de Frost y Doyle. Se giró de lado, por tanto ella podía ver a ambos. Su energía disipada a su alrededor como si ella la sostuviese. Hizo una reverencia de torpe cortesía en el aire. “Si te escondes con el glamur, Princesa, ¿cómo va a saber un hada como actuar?”

Empecé a bordear el cuerpo de Frost, pero él me paró a la mitad con su brazo, así que tenía que hablar a través de su protección. “¿Nos hubieras dañado si hubiéramos sido simples humanos que tienen partes de hada?”

“Te pareces a los elfos a los que los humanos se disfrazan.”

“Te refieres a los aspirantes,” le dije.

Ella asintió. Sus ondas rubias cayeron alrededor de sus delgados hombros en preciosos tirabuzones, como si el poder los hubiera rizado.

“¿Por qué te asustaría un aspirante humano?” Doyle preguntó.

Sus ojos giraron hacia él, y luego volvieron a mí como si cualquier señal de él la asustara. Doyle había sido el asesino de la reina por siglos; el hecho de que estuviera conmigo ahora no borraba su pasado.

Ella le contestó su pregunta mientras me miraba. “Los vi bajando la colina donde mis amigos estaban…” Aquí ella paró, puso sus manos enfrente de sus ojos, y empezó a llorar.

“Bittersweet,” dije, “siento tu pérdida, pero ¿estás diciendo que vistes a los asesinos?”

Ella asintió sin mover sus manos de su cara, y empezó a llorar más fuerte, una sorprendente cantidad de ruido proviniendo de algo tan pequeño. El llanto tenía un borde de histeria, y conjeturé que no podría culparla.

Robert se movió hacia Eric, y ellos se sujetaron las manos como si Eric preguntase a Robert si él estaba herido. Robert solo movió su cabeza.

“Tengo que hacer una llamada,” dije.

Robert asintió, y algo en sus ojos me permitió saber que el comprendía a quien iba a llamar y por qué lo estaba haciendo en esta habitación. La pequeña hada no parecía querer que nadie supiera lo que ella había visto, tenía que llamar a la policía.

Robert nos permitió volver al almacén que estaba detrás de las oficinas, pero no antes de que él tuviera al Fear Dearg sentado con Eric y el semiduende. La seguridad extra parecía una muy buena idea.

Frost y Doyle empezaron a venir conmigo, pero les dije, “uno debe permanecer con ella.”

Doyle ordenó a Frost que lo hiciera, mientras el permanecía conmigo. Frost no argumentó; el llevaba siglos siguiendo las órdenes de algún otro sidhe. Era un hábito que la mayoría de los guardias hacían lo que Doyle decía. Doyle cerró la puerta detrás de nosotros mientras marcaba el móvil de Lucy. “Detective Tate.”

“Soy Merry.”

“¿Tienes algo?”

“¿Algo como un testigo quien ha visto a los asesinos?”

“No bromees,” dijo.

“No bromeo, planeo publicarlo.”

Ella casi se rio. “¿Dónde estás, y quién es? Podemos mandarte un coche y traeros.”

“Es un semiduende, uno diminuto. Probablemente no puede ir en coche sin ser herida por el metal y la tecnología.”

“Mierda. ¿Tendría problemas en venir a los edificios del cuartel general?”

“Seguramente.”

“Doble mierda. Cuéntame dónde estás e iremos allí. ¿Tienen alguna habitación donde podamos preguntarle?”

“Si.”

“Dame la dirección. Estamos en camino.” La oí moverse a través de la hierba bastante rápido ya que sus pantalones de sport hacían un sonido tal como whish-whish.

Le di la dirección.

“No te muevas. Tendré a los policías más cercanos yendo a cuidar eso, pero ellos no tendrán magia, solo armas.”

“Esperaremos.”

“Estaremos allí en veinte minutos si el tráfico realmente se aparta del camino de las luces y las sirenas.”

Sonreí, incluso aunque ella no pudiese verlo. “Entonces te veremos en treinta minutos. Nadie mueve el tráfico aquí.”

“Quedas al cargo. Estamos en camino.” Oí el aullido de las sirenas antes de que colgara el teléfono.

“Están en camino. Ella quiere que permanezcamos aquí hasta después de que los policías más cercanos lleguen.” Dije.

“Porque ellos no tienen magia, y su asesino si,” dijo Doyle.

Yo asentí.

“No me gusta que la detective te pida que te pongas a ti misma en peligro por su caso”

“No es por su caso. Es para no tener a nuestra gente moribunda nunca mas, Doyle.”

El me observó, estudiando mi cara, como si él no la hubiera visto antes. “Deberías permanecer en otro lugar.”

“Cuando ellos me echen a patadas, entonces sí.”

“¿Por qué?” él preguntó.

“Nadie asesina a nuestra gente y escapa de ello.”

“¿Cuándo sepamos quién hizo esto tendrás la misma determinación para verlos en un juicio de la corte humana?”

“Quieres decir, ¿enviarte para que te encargues de ellos a la manera antigua?” Era mi turno para estudiar su cara.

El asintió.

“Creo que iremos con la corte.”

“¿Por qué?” él preguntó.

No intenté decirle que sería la manera correcta. El me había visto asesinar a gente por venganza. Era un poco tarde para esconderme en la santidad de la vida ahora. “Porque estamos en un exilio permanente aquí en el mundo humano y necesitamos adaptarnos a sus leyes.”

“Serías más fácil si los asesinara, y guardar el dinero de los contribuyentes.”

Sonreí, y negué con la cabeza. “Si, podría ser fiscalmente responsable, pero no soy el alcalde, y no administro el presupuesto.”

“Si lo hicieras, ¿los mataríamos?”

“No,” dije.

“Porque estamos actuando bajo las reglas humanas ahora,” el dijo.

“Si.”

“No podremos actuar bajo las reglas humanas todo el tiempo, Merry.”

“Probablemente no, pero hoy lo haremos.”

“¿Es eso una orden, mi princesa?”

“Si necesitas que lo sea será,” dije.

El pensó sobre ello, luego asintió. “Tomará algo de tiempo acostumbrarse a esto.”

“¿Qué?”

“Que llevo tiempo sin ser el portador de la muerte, y además tú estás interesada en la justicia.”

“El asesino todavía podría librarse por algún detalle técnico.” Dije. “La ley no es realmente muy justa aquí, va sobre cartas de leyes y quien es el mejor abogado.”

“Si el asesino se libra por un detalle técnico, ¿entonces cuales serían mis órdenes?”

“Serían meses o años en el futuro, Doyle. La justicia se mueve lento aquí.”

“La pregunta espera, Meredith.” El estaba estudiando mi cara de nuevo.

Me encontré con sus ojos detrás de sus oscuras gafas, y dijeron la verdad. “El, o ellos, o pasan el resto de sus vidas en prisión, o mueren.”

“¿Por mi mano?” Él preguntó.

Me encogí de hombros, y aparté la mirada. “Por la mano de alguien.” Lo pasé para tocar la puerta. El agarró mi brazo, e hizo que mirara hacia él.

“¿Lo harías tu misma?”

“Mi padre me enseñó que nunca respondiera a alguien lo que no estaba dispuesta a hacer por mí misma.”

“Tu tía, la Reina del Aire y de la Oscuridad, está muy dispuesta a volver sus manos blancas azucenas sangrientas por sí misma.”

“Ella es una sádica. Solo los mataré.”

El subió mis manos y las besó ambas gentilmente. “Preferiría que tus manos abrazaran cosas más tiernas que la muerte. Déjame hacer mi tarea.”

“¿Por qué?”

“Creo que si te empapas en sangre a ti misma cambiarías a los niños que llevas.”

“¿Piensas eso?” le pregunté.

El asintió. “El asesinato cambia las cosas.”

“Haré lo mejor para no asesinar a nadie mientras esté embarazada.”

El me besó en la frente, y luego siguió bajando hasta tocar mis labios con los suyos. “Eso es todo lo que pido.”

“Sabes que lo que les ocurre a las madres mientras están embarazadas no les afectan a los niños, ¿verdad?”

“Sígueme la corriente,” el dijo, se elevó en su altura, pero manteniendo mis manos con él. No sé si le hubiera dicho que estaba siendo supersticioso pero un golpe en la puerta nos interrumpió. Frost abrió la puerta, y dijo, “Los policías están aquí.”

Bittersweet empezó a chillar de nuevo. “¡La policía no puede ayudar! ¡La policía no puede protegernos de la magia!

Doyle y yo suspiramos a la vez, nos echamos una mirada, y sonreímos. Su sonrisa era una pequeña, solo un elevamiento de sus labios, pero pasamos por la puerta sonriendo. Las sonrisas resbalaron de nuestras bocas y nos apresuramos mientras Frost volvía y decía, “Bittersweet, no dañes a los oficiales.”

Fuimos para encontrarle en el intento de mantener al hada diminuta lejos de lanzar al gran malo policía a través de la habitación.

Capítulo 4

El Fear Dearg era más bajo que yo pero solo por unas pocas pulgadas (1 pulgada = 2,54 cm). Él estaba por debajo de los 5 pies (1pie = 30,48 cm). Probablemente alguna vez el tuvo la altura promedio de un humano. Su cara estaba arrugada, con un bigote grisáceo que sobresalía de sus mejillas como unas enormes patillas de motero. Su nariz era delgada, larga y puntiaguda. Sus ojos eran grandes para su cara y se elevaban hacia las esquinas. Eran negros, y parecía que no tenían iris hasta que te dabas cuenta de que, al igual que Doyle, simplemente sus iris eran tan negros como sus pupilas, tanto que tenías problemas de diferenciarlos.

El caminaba delante nuestra por la acera, entre felices parejas cogidas de la mano y sonrientes familias, todos alegres. Los niños miraban abiertamente al Fear Dearg. Los adultos le echaban pequeños vistazos, pero era a nosotros a los que ellos miraban. Me di cuenta de que nosotros parecíamos tal y como éramos. No había pensado en usar glamur para hacernos más humanos, o al menos, menos perceptibles. Había sido demasiado descuidada.

Los padres reaccionaban tarde, luego sonreían e intentaban hacer contacto visual. Si yo hiciera eso, ellos querrían charlar, y nosotros realmente necesitábamos avisar a los semiduendes. Normalmente intentaba ser amigable, pero hoy no.

El glamur era la habilidad para nublar las mentes de los demás, de ese modo ellos veían lo que yo deseara que vieran, no lo que estuviese allí. Siempre fue mi magia más poderosa, hasta hace unos meses. Todavía era la magia con la que me sentía más familiar, y ahora fluía fácilmente a través de mi piel.

Hablé bajo hacia Doyle y Frost. “Estamos haciendo que nos miren, y la prensa no está aquí para quejarse”.

“Puedo esconderme”

“No, con esta luz no puedes,” dije. Doyle tenía una rara habilidad de esconderse tal y como lo hacían los ninjas de las películas. Sabía que era la Oscuridad, nunca ves la oscuridad antes de que te coja, él había tenido muchos siglos de práctica. Realmente él podía envolverse en sombras y ocultarse. Pero lo que no podía era ocultarnos a nosotros, y necesitaba algo más que la luz del sol para envolverse.

Coloreé mi pelo de un simple rojo, un caoba humano, sin el reflejo granate de mi color verdadero. Hice mi piel pálida para que fuera con el cabello, pero no cercano al color blanco perla de mi propia piel. Desplegué el glamur para que fluyera a través de la piel de Frost a la vez que caminábamos. Su piel era del mismo tono blanco luz de luna que el mío, así que era más fácilmente cambiarlos a la vez. Oscurecí su cabello hacia un gris oscuro y seguí oscureciéndolo hasta un castaño en la oscuridad casi negro con reflejos grises. Igualé su piel blanca y le hice parecer un gótico. Estaba vestido mal para serlo, pero por alguna razón me salió fácil este color para él. Podía haber escogido algún otro pero no tenía tiempo, estábamos atrayendo la atención, y no quería eso hoy. Todo esto lo hacía mientras caminábamos, un cambio rápido y elaborado, por tanto las gentes que nos reconocían, cuando echaban una segunda mirada, parecíamos diferentes, por tanto pensaban que se habían equivocado.

El truco consistía en cambiar el pelo y la piel gradualmente, suavemente, y no llamar la atención de la gente mientras lo estabas haciendo, eran dos tipos de glamur en uno. El primero simplemente era una ilusión de nuestro cambio de apariencia, el segundo era un momento Obi Wan donde las personas no veían lo que ellos creían que estaban viendo.

El cambio de apariencia de Doyle era siempre más duro por la razón que fuera. No estaba segura de porqué, pero tomaba un poco más de concentración cambiar su piel negra profunda a un rico marrón, y el tan oscuro pelo a un castaño que combinara con la piel. Lo mejor que podía hacer rápidamente era hacerlo parecer vagamente indio, como un indio americano. Dejé la elegantes curvas de sus orejas con sus aros, incluso ahora con su piel cambiada a una humana, sus puntiagudas orejas lo marcaban como a un aspirante a hada, bueno no, como a un aspirante a sidhe. Ellos solían pensar que los sidhe tenían las orejas puntiagudas como en las películas, cuando de hecho esto marcaba a Doyle como un sidhe que no era de pura sangre. El nunca ocultó sus orejas, un gesto desafiante, un dedo en el ojo de la corte. Los aspirantes eran también llamados elfos. Culpaba a Tolkien y sus elfos por esto.

Nos atenué, pero seguíamos siendo llamativos, y los hombres eran todavía exóticos, pero me hubiera tenido que parar y concentrarme completamente para cambiarlos por completo.

El Fear Dearg tenía mucho glamur por tanto él podía cambiar su apariencia también. Simplemente no le importaba que se le quedaran mirando. Una llamada de teléfono al número correcto no haría que la prensa cayera sobre el antes de que hubiéramos podido llamar a otros guardaespaldas para llevarnos al coche. Nos había pasado dos veces desde que regresamos a los Ángeles. No quería que se repitiera.

El Fear Dearg retrocedió para hablarnos. “Nunca había visto a un sidhe poder usar su glamur tan bien.”

“Es un gran elogio viniendo de ti”, le dije. “Tu gente son conocidos por su habilidad con el glamur.”

“Las hadas menores son mejores con el glamur que los grandes pueblos.”

“He visto sidhe hacer a la basura parecer como un banquete y dárselo a la gente para comer,” dije.

Doyle dijo, “Y el Fear Dearg necesita una hoja para crear dinero, una galleta para un pastel, un tronco para una olla de oro. Necesitas algo donde sujetar el glamur para que funcione.”

“Así lo hago,” dije. Pensé sobre ello. “Así lo hacen los sidhe que yo he podido ver.”

“Oh, pero alguna vez los sidhe pudieron conjurar castillos del fino aire, y comida que tentara a cualquier mortal que no era más que mero aire,” el Fear Dearg dijo.

“No he visto…” Me paré, porque a los sidhe no les gustaba admitir en voz alta que su magia se estaba perdiendo. Estaba considerado maleducado, y si la Reina del Aire y la Oscuridad te oía, el castigo sería una bofetada, si estabas de suerte, y si no lo estabas, sangrarías por recordarle que su reino estaba decayendo.

El Fear Dearg dio un pequeño salto, y Frost fue forzado a retrasarse de mi lado, o el hubiera sido pisado por un hada menor, Doyle le gruñó, un profundo ruido sordo bajo correspondiente al gran perro negro al que él podía cambiar. Frost dio un paso hacia delante, forzando al Fear Dearg a andar hacia adelante o ser pisado por él.

“Los sidhe siempre han tenido belleza”, el dijo, como si no le molestara, “pero estás diciendo, mi reina, que tu nunca has visto tal glamur de los sidhe. No en todo tu vida, ¿eh?”

La puerta de Fael estaba enfrente de nosotros ahora. Era toda de cristal y madera, muy pintoresco y pasado de moda, como si fuera una tienda desde décadas anteriores a ésta.

“Necesito hablar con alguno de los semiduendes,” dije.

“Sobre los asesinatos, ¿eh?” preguntó.

Paramos de movernos por un latido de corazón, de repente estaba detrás de los hombres y solo podía alcanzar a ver el borde de su abrigo rojo alrededor de sus cuerpos.

“Oh, oh” el Fear Dearg dijo con una risita. “Pensáis que soy yo. Pensáis que degollé sus cuellos.”

“Lo hacemos ahora,” dijo Doyle.

El Fear Dearg se rió, y fue la clase de risa que si la oyeras en la oscuridad, sentirías miedo. Era la clase de risa que disfruta del dolor.

“Podéis hablar con el semiduende quien huyó a aquí para contar el cuento. Ella estaba llena de toda clase de detalles. Ella estaba histérica, balbuceando sobre la muerte vestida como las historias para niños completándola con selectas flores en sus manos.” El hizo un sonido de disgusto. “Cada hada sabe que ningún hada de las flores podría elegir una flor y matarla. Se ocupan de ellas.”

No había pensado en esto. El estaba absolutamente en lo correcto. Era un error humano, tal como en el ejemplo de antes. Algún hada podría guardar las flores elegidas vivas, pero no era un talento común. A la mayoría de los semiduendes no les gustaban los ramos de flores. Les olían a muerte.

Como fuera nuestro asesino era humano. Necesitaba contárselo a Lucy. Pero tenía otro pensamiento. Intenté empujar a Doyle, pero era como intentar mover una pequeña montaña; podía empujar, pero no haría muchos progresos. Hablé alrededor de el. “¿Vio este semiduende la matanza?”

“No” y por lo que pude ver de la pequeña marchita cara del Fear Dearg parecía realmente triste, “ella fue para atender las plantas que están en la colina que son suyas y encontró a la policía justo allí.”

“Necesitamos hablar con ella.” Dije.

Asintió el cacho de cara que podía ver a través de los cuerpos de Doyle y Frost. “Ella está detrás con Dobbin quien intenta calmar sus nervios.”

“¿Cuánto tiempo lleva aquí?”

“Pregúntale tu misma. Dijistes que querías hablar con un semiduende, no específicamente con ella. ¿Por qué quieres hablar con uno, mi reina?”

“Quiero avisar a los otros que podrían estar en peligro.”

Se giró para mirarme fijamente a través del hueco que le dejaban los hombres. Los ojos negros se encresparon sobre los bordes, y me di cuenta de que estaba sonriendo. “¿Desde cuándo a los sidhe les importa una mierda como muchas hadas de las flores se pierden en L.A.? Una docena se marchitan cada año por tanto metal y tecnología, pero ninguna corte permitiría que regresaran para salvar sus vidas.” La sonrisa se apagó cuando terminó, y lo dejó enfadado.

Luché por alejar la sorpresa de mi cara. Si él hubiera dicho solo lo que era verdad, yo no lo hubiera sabido. “Si no me importaran no estaría aquí.”

El asintió solemnemente. “Espero que te importen, Meredith, hija de Essus, lo espero fervientemente.”

Frost se giró y Doyle se abrió para permitirle total atención al Fear Dearg. Frost estaba mirando detrás nuestra y me di cuenta de que formábamos una pequeña línea.

“¿Os importa?” preguntó un hombre.

“Lo siento,” dije, y sonreí. “nos estábamos poniendo al día con unos viejos amigos.” El sonrió antes de que él pudiera decir algo más, su voz era menos impaciente al decirnos, “bueno ¿podríais poneros al día dentro?

“Sí, claro,” dije, Doyle abrió la puerta, hizo al Fear Dearg ir primero y luego entramos nosotros.