lunes, 7 de junio de 2010

Capítulo 3

Capítulo 3


Conduje hacia la tienda de te Fae, y Doyle estaba en lo cierto. No estaba cerca de la playa, donde todos estarían esperando. Estaba lejos en una parte de la ciudad en la que todavía no había estado ni una vez, una mala área pero con burgueses, los cuales solían ser simples yuppies reivindicados, pero venían a indicar un lugar al cual las hadas venían y hacían más mágico. Podía llegar a ser una zona turista, y un lugar para jóvenes y estudiantes donde pasar el tiempo.

Los jóvenes siempre se han sentido atraídos por las hadas. Es porque por siglos han puesto encanto sobre los niños para guardarnos lo mejor, su resplandor y su creatividad. Nos gustan los artistas.

Doyle tenía su usual apretón de la muerte sobre la puerta y el salpicadero. Él siempre iba así en el asiento delantero. Frost estaba menos asustado en el coche y con el tráfico de Los Ángeles, pero Doyle insistía que como el capitán debía estar al lado mío. De hecho era un acto de valor que lo hacía muy mono, aunque me guardé el comentario de mono para mí misma. No estaba muy segura como se lo tomaría.

Él consiguió decir, “me gusta más este coche que el otro que conduces. Es más grande para la carretera.”

“Es un todoterreno” dije “más un camión que un coche.” Estaba buscando un aparcamiento, no estaba teniendo mucha suerte. Esta era una sección en la ciudad donde la gente venía a pasear en un hermoso sábado, y había mucha gente, las cuales tendrían muchos coches. Era Los Ángeles. Todo el mundo conducía donde fuera.

El todoterreno realmente pertenecía a Maeve Reed, como muchas de nuestras cosas. Su chofer nos tenía ofrecido llevarnos a donde fuera, pero en el momento en el que la policía llamaba, la limusina se quedaba en casa. Ya tenía suficientes problemas con la policía no tomándome en serio para encima mostrar una limusina. Nunca podrían olvidarlo, y Lucy no lo olvidaría tampoco, y que importaba más. Era su trabajo. Pensándolo fríamente, la policía tenía razón, solo era una turista. Conocía que parte del problema era el coche por el mismo, toda esa tecnología y metal. Exceptuando que yo sabía de varias hadas menores que eran propietarias de coches y los conducían. La mayoría de los sidhe no tenían problemas con los grandes y modernos rascacielos, y ellos tenían mucho metal y tecnología. Doyle también le tenía miedo a los aviones. Era una de sus pocas debilidades.

Frost llamó, “aparcamiento”. Apuntó y maniobré el gran todoterreno hacia allí. Tuve que acelerar y casi le pegué a un pequeño coche que estaba intentando forcejear conmigo por el aparcamiento. Esto hizo que Doyle tragara fuerte y dejara salir una débil respiración. Quería preguntarle porque montándose atrás en la limusina no parecía tan molesto, pero me abstuve. No estaba segura observándolo si él estaba asustado en el asiento delantero, o un coche lo asustaba más que una limusina. Eso no lo necesitábamos.

Conseguí el aparcamiento, aunque aparcar paralelo el Escalade no era de mi gusto. Aparcar el Escalade nunca era fácil, y un parquin en paralelo era para un obtener un máster de aparcado. ¿Habría un examen doctoral sobre como aparcar? Yo nunca quise conducir nada tan mole como este todoterreno, así que probablemente nunca lo averiguaría.

Podía ver la señal Fae sobre el coche, justo a unos pocos escaparates. No teníamos que rodear el bloque, perfecto. Esperé a Doyle para que hiciera su débil salida del coche, y que Frost se desabrochara y alcanzara mi puerta. Sabía mejor que nadie que no debía salir sin uno de ellos a mi lado. Se cercioraron muy bien hasta que me hicieron comprender esa parte de que para ser un buen guardaespaldas había que entrenar a tu protegido como había que proteger. Sus grandes cuerpos me bloqueaban casi toda la calle cuando estábamos en ella. Si hubiese habido una amenaza verdadera, hubiese tenido más guardaespaldas. Dos era lo mínimo y preventivo. Me gustaba la precaución – si significaba que nadie intentaría asesinarme. El hecho era que era una novedad que nadie lo estuviera intentando como en los pasados años de mi vida. Quizás no era un feliz para siempre cuando las revistas nos mostraban, pero era definitivamente más feliz.

Frost me ayudó a salir del todoterreno, lo cual necesitaba. Siempre tenía un sentimiento infantil cuando tenía que subirme o bajarme del Escalade. Era como sentarme en una silla donde tus pies se balancean. Me hacía sentir como si tuviese 6 años de nuevo, pero el brazo de Frost debajo del mío, su altura y su solidez, me hacían recordar que no era más alta que un niño, y décadas desde los 6.

Me llegó la voz de Doyle. “Fear Dearg, ¿qué estás haciendo aquí?” Frost paró en mitad del movimiento y puso su cuerpo mas sólidamente enfrente de mí escudándome, porque Fear Dearg no era su nombre. El Fear Dearg era viejísimo, reliquias de un reino de las hadas que eran anterior a las cortes de la luz y de la oscuridad. El hecho era que Fear Dearg tenía unos 3000 años, como mínimo. Desde que ellos no se reproducían, por no tener mujeres, eran más que viejos. Ellos eran de algún lugar entre un brownie, un trasgo, y una pesadilla, una pesadilla la cual podía hacer a un hombre pensar que una roca era su mujer, o que un precipicio hacia el mar era un sendero seguro. Y alguna alegría en un rey de la tortura que tendría contenta a mi tía. Una vez vi su piel de noble sidhe antes de que él fuera irreconocible y luego ella le hizo seguirla con una correa como un perro.

El Fear Dearg podía ser más alto que un humano promedio o ellos podían ser más bajos que yo por un pie, y casi cualquier talla entre los 2. La única semejanza de unos y otros era que ellos no eran humanamente atractivos y eran rojos.

La voz que contestó la pregunta de Doyle era de tono alto aunque definitivamente masculina, pero era quejumbrosa con el tono que normalmente significa en un humano mucha edad. Nunca había escuchado este tono en la voz de un hada. “Por qué guardé un aparcamiento para ti primo”.

“No somos parientes, y ¿cómo sabías que debías guardar una plaza de aparcamiento para nosotros?” Preguntó Doyle, y ahora no había señal alguna de su debilidad por el coche en su profunda voz.

Él ignoró la pregunta. “Oh, vamos. Soy un cambia-formas, usador de la ilusión trasgo, como era tu padre. Phouka no está tan lejos de Fear Dearg.”

“Soy la Oscuridad de la Reina, no alguien llamado Fear Dearg.”

“Ah, ahí está el problema,” dijo con esa fina voz. “es un nombre que soy deficiente”.

“¿qué significa eso, Fear Dearg?” preguntó Doyle.

“Significa que tengo una historia que contar, y podría ser mejor contada dentro en Fael, dónde vuestro anfitrión y me jefe espera, ¿ O os negaríais a la hospitalidad de nuestro establecimiento?”

“¿Trabajas en Fael?” Doyle preguntó.

“Lo hago”

“¿Cuál es tu trabajo aquí?”

“Soy la seguridad”

“No sabía que Fael necesitara seguridad extra”

“Mi jefe sintió la necesidad. Ahora preguntaré una vez más, ¿vais a rehusar nuestra hospitalidad? Y piénsalo esta vez bien, primo, por las viejas reglas todavía aplicadas por mi rey. No tengo elección.”

Esta era una pregunta trampa, porque una de las cosas por la que los Fear Deargs eran conocidos eran por sus apariciones en una oscura húmeda noche pidiendo calor antes del fuego. O el Fear Dearg podía ser el único refugio en una noche de tormenta, y un humano podía deambular atraídos por el fuego. Si el Fear Dearg era rechazado o tratado descortésmente, ellos usarían su glamur para el mal. Si eran tratados bien, ellos salían ilesos, y algunas veces hacían las faenas de la casa como agradecimiento o dejaban al humano con un regalo de suerte por un tiempo, pero normalmente lo mejor que podían desear era que se fueran en paz.

Pero no podía esconderme detrás de la ancha espalda de Frost para siempre, y estaba empezando a sentirme un poco tonta. Conocía la reputación del Fear Dearg, y también conocía algunas razones de otras hadas, especialmente de las más viejas, no me importaban. Toqué el pecho de Frost, pero él no se movería hasta que Doyle se lo dijera, o yo hiciese un alboroto. No quería hacer un alboroto en medio de extraños. El hecho era que a veces mis guardias escuchaban a cualquiera más que a mí, algo que todavía no habíamos resuelto.

“Doyle, el no ha hecho nada para ser descortés con nosotros”

“He visto que su rey lo hace con mortales”

“¿Es esto peor que yo viera a nuestro rey hacerlo con cualquiera?”

Frost realmente bajó la mirada hacia mí, estando alerta por cualquier posible amenaza, o no posible, que pudiera venir. Incluso la mirada a través de sus gafas decía que estaba en frente de alguien quien no era miembro de nuestra corte.

“Hemos oído que el rey dorado lo hizo contigo, Reina Meredith.”

Tomé una respiración profunda y la dejé ir lentamente. El rey dorado era mi tío materno Taranis, más bien un tío abuelo, el rey de la corte de la luz, del gentío dorado. El había usado su magia como una droga para facilitar el abuso sexual, y yo tenía las evidencias en un almacén de una unidad forense de que él me había violado. Intentamos cazarlo por la ley humana contra la violación. Era la peor publicidad que la corte de la luz había tenido nunca.

Intenté fisgar alrededor del cuerpo de Frost para ver a quien estaba hablando, pero el cuerpo de Doyle me bloqueaba, también, así que hable al aire vacío. “No soy una reina”.

“Tú no eres la reina de la corte de la Oscuridad, pero eres la reina de los sluagh, y si pertenezco a cualquier corte dejando afuera las Summerlands, es la sluagh del rey Sholto.”

El reino de las hadas, o de la Diosa, o ambos, me habían coronado 2 veces la pasada noche. La primera coronación había sido con Sholto en el montículo de las hadas. Fui coronada junto a él como Rey y Reina de los Sluagh, el oscuro huésped, las pesadillas de hadas tan oscuras que incluso la corte de la Oscuridad no les permitirían merodear por su propio montículo, pero en la lucha ellos eran siempre a los que llamaban primero. La corona había desaparecido desde mi segunda corona, la cual me habría hecho reina de las tierras de la Oscuridad, había aparecido en mi cabeza. Doyle sería el rey para esa reina, y una vez era tradición que todos los reyes de Irlanda se casaran con la misma mujer, la Diosa, la cual una vez fue la reina verdadera de cada rey “casado” al menos por una noche. No siempre seguíamos las reglas tradicionales humanas de la monogamia.

Sholto era uno de los padres de los niños que llevaba, ya que la Diosa nos lo había mostrado. Así que técnicamente seguía siendo su reina. Sholto andaba escaso de tiempo ya que en este mes tenía que volver a casa. El parecía comprender mi lucha por encontrar equilibrio en este nuevo-mas permanente-exilio.

Todo lo que podía pensar para decir en alto era, “no creo que el Fear Dearg deba lealtad a cualquier corte”.

“Algunos de nosotros lucharon con los sluagh en las pasadas guerras. Nos permitía traer la muerte y el dolor sin el descanso de tu buen pueblo.” Y el aseguró que su última frase demostrase la amargura y el desprecio. “Persiguiéndonos y dando sentencia por algo que era nuestra naturaleza. Los sidhe de ninguna corte apelaron por Fear Dearg, ¿lo hicieron pariente?”

“No reconoceré el parentesco contigo, Fear Dearg, pero Meredith tiene razón. Has actuado con cortesía. No puedo ser menos.” Era interesante que Doyle hubiera dejado el “Princesa” ya que normalmente lo usaba enfrente de todas las hadas menores, pero no había usado reina tampoco, entonces él estaba interesado por el reconocimiento de Fear Dearg sobre mí como reina.

“Bien” dijo el Fear Dearg. “Os llevaré a Dobbin, bueno, a Robert, como ahora se hace llamar. Tal riqueza poder ser nombrado por ti mismo 2 veces. Una pérdida de tiempo cuando hay tantos anónimos olvidados.”

“Oiremos tu relato, Fear Dearg, pero primero debemos hablar con algunos semiduendes que están en Fael,” dije.

“¿Por qué?” preguntó, y había demasiada curiosidad en una sola palabra. Recordé cuando los Fear Dearg demandaban una historia de sus anfitriones humanos, y si la historia no era buena, ellos eran torturados y asesinados, pero si la historia era lo bastante buena ellos los dejaban con una bendición. ¿Qué podría importarle a un ser de miles de años las historias perdidas, y que obsesión tenían con los nombres?

“Ese no es tu problema, Fear Dearg”, dijo Doyle.

“Está bien, Doyle. Todos lo sabrán pronto.”

“No, Meredith, no aquí, no en esta calle”. Había algo en la manera en que lo dijo que me hizo pararme. Pero fue el apretón de la mano de Frost en mi brazo, haciéndome mirarlo, lo que hizo darme cuenta que Fear Dearg podía asesinar a los semiduendes. El podía ser el asesino, el Fear Dearg caminaba por fuera de muchas reglas de nuestra clase, pero había dicho que formaba parte del reino de los sluagh.

¿Estaba el asesino en masa cerca de uno de mis novios? ¿Sería un inconveniente? Sentí un destello de esperanza dentro de mí, pero lo eliminé tan pronto como apareció. Había trabajado con casos de asesinato antes, nunca eran tan fáciles. Los asesinos no te los encontrabas en la calle justo después de dejar la escena del crimen. Pero sería rápido si solo por una vez realmente fuera así de fácil. Luego comprendí que Doyle se había dado cuenta que el Fear Dearg podía ser nuestro asesino en el momento en que lo vio; de ahí el porqué de tanta precaución.

De pronto me sentí lenta, y no apta para el trabajo. Supuestamente yo era un detective, y Lucy me había llamado por mi habilidad en hadas. La experta que solía ser.

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