El Fear Dearg era más bajo que yo pero solo por unas pocas pulgadas (1 pulgada = 2,54 cm). Él estaba por debajo de los 5 pies (1pie = 30,48 cm). Probablemente alguna vez el tuvo la altura promedio de un humano. Su cara estaba arrugada, con un bigote grisáceo que sobresalía de sus mejillas como unas enormes patillas de motero. Su nariz era delgada, larga y puntiaguda. Sus ojos eran grandes para su cara y se elevaban hacia las esquinas. Eran negros, y parecía que no tenían iris hasta que te dabas cuenta de que, al igual que Doyle, simplemente sus iris eran tan negros como sus pupilas, tanto que tenías problemas de diferenciarlos.
El caminaba delante nuestra por la acera, entre felices parejas cogidas de la mano y sonrientes familias, todos alegres. Los niños miraban abiertamente al Fear Dearg. Los adultos le echaban pequeños vistazos, pero era a nosotros a los que ellos miraban. Me di cuenta de que nosotros parecíamos tal y como éramos. No había pensado en usar glamur para hacernos más humanos, o al menos, menos perceptibles. Había sido demasiado descuidada.
Los padres reaccionaban tarde, luego sonreían e intentaban hacer contacto visual. Si yo hiciera eso, ellos querrían charlar, y nosotros realmente necesitábamos avisar a los semiduendes. Normalmente intentaba ser amigable, pero hoy no.
El glamur era la habilidad para nublar las mentes de los demás, de ese modo ellos veían lo que yo deseara que vieran, no lo que estuviese allí. Siempre fue mi magia más poderosa, hasta hace unos meses. Todavía era la magia con la que me sentía más familiar, y ahora fluía fácilmente a través de mi piel.
Hablé bajo hacia Doyle y Frost. “Estamos haciendo que nos miren, y la prensa no está aquí para quejarse”.
“Puedo esconderme”
“No, con esta luz no puedes,” dije. Doyle tenía una rara habilidad de esconderse tal y como lo hacían los ninjas de las películas. Sabía que era la Oscuridad, nunca ves la oscuridad antes de que te coja, él había tenido muchos siglos de práctica. Realmente él podía envolverse en sombras y ocultarse. Pero lo que no podía era ocultarnos a nosotros, y necesitaba algo más que la luz del sol para envolverse.
Coloreé mi pelo de un simple rojo, un caoba humano, sin el reflejo granate de mi color verdadero. Hice mi piel pálida para que fuera con el cabello, pero no cercano al color blanco perla de mi propia piel. Desplegué el glamur para que fluyera a través de la piel de Frost a la vez que caminábamos. Su piel era del mismo tono blanco luz de luna que el mío, así que era más fácilmente cambiarlos a la vez. Oscurecí su cabello hacia un gris oscuro y seguí oscureciéndolo hasta un castaño en la oscuridad casi negro con reflejos grises. Igualé su piel blanca y le hice parecer un gótico. Estaba vestido mal para serlo, pero por alguna razón me salió fácil este color para él. Podía haber escogido algún otro pero no tenía tiempo, estábamos atrayendo la atención, y no quería eso hoy. Todo esto lo hacía mientras caminábamos, un cambio rápido y elaborado, por tanto las gentes que nos reconocían, cuando echaban una segunda mirada, parecíamos diferentes, por tanto pensaban que se habían equivocado.
El truco consistía en cambiar el pelo y la piel gradualmente, suavemente, y no llamar la atención de la gente mientras lo estabas haciendo, eran dos tipos de glamur en uno. El primero simplemente era una ilusión de nuestro cambio de apariencia, el segundo era un momento Obi Wan donde las personas no veían lo que ellos creían que estaban viendo.
El cambio de apariencia de Doyle era siempre más duro por la razón que fuera. No estaba segura de porqué, pero tomaba un poco más de concentración cambiar su piel negra profunda a un rico marrón, y el tan oscuro pelo a un castaño que combinara con la piel. Lo mejor que podía hacer rápidamente era hacerlo parecer vagamente indio, como un indio americano. Dejé la elegantes curvas de sus orejas con sus aros, incluso ahora con su piel cambiada a una humana, sus puntiagudas orejas lo marcaban como a un aspirante a hada, bueno no, como a un aspirante a sidhe. Ellos solían pensar que los sidhe tenían las orejas puntiagudas como en las películas, cuando de hecho esto marcaba a Doyle como un sidhe que no era de pura sangre. El nunca ocultó sus orejas, un gesto desafiante, un dedo en el ojo de la corte. Los aspirantes eran también llamados elfos. Culpaba a Tolkien y sus elfos por esto.
Nos atenué, pero seguíamos siendo llamativos, y los hombres eran todavía exóticos, pero me hubiera tenido que parar y concentrarme completamente para cambiarlos por completo.
El Fear Dearg tenía mucho glamur por tanto él podía cambiar su apariencia también. Simplemente no le importaba que se le quedaran mirando. Una llamada de teléfono al número correcto no haría que la prensa cayera sobre el antes de que hubiéramos podido llamar a otros guardaespaldas para llevarnos al coche. Nos había pasado dos veces desde que regresamos a los Ángeles. No quería que se repitiera.
El Fear Dearg retrocedió para hablarnos. “Nunca había visto a un sidhe poder usar su glamur tan bien.”
“Es un gran elogio viniendo de ti”, le dije. “Tu gente son conocidos por su habilidad con el glamur.”
“Las hadas menores son mejores con el glamur que los grandes pueblos.”
“He visto sidhe hacer a la basura parecer como un banquete y dárselo a la gente para comer,” dije.
Doyle dijo, “Y el Fear Dearg necesita una hoja para crear dinero, una galleta para un pastel, un tronco para una olla de oro. Necesitas algo donde sujetar el glamur para que funcione.”
“Así lo hago,” dije. Pensé sobre ello. “Así lo hacen los sidhe que yo he podido ver.”
“Oh, pero alguna vez los sidhe pudieron conjurar castillos del fino aire, y comida que tentara a cualquier mortal que no era más que mero aire,” el Fear Dearg dijo.
“No he visto…” Me paré, porque a los sidhe no les gustaba admitir en voz alta que su magia se estaba perdiendo. Estaba considerado maleducado, y si la Reina del Aire y la Oscuridad te oía, el castigo sería una bofetada, si estabas de suerte, y si no lo estabas, sangrarías por recordarle que su reino estaba decayendo.
El Fear Dearg dio un pequeño salto, y Frost fue forzado a retrasarse de mi lado, o el hubiera sido pisado por un hada menor, Doyle le gruñó, un profundo ruido sordo bajo correspondiente al gran perro negro al que él podía cambiar. Frost dio un paso hacia delante, forzando al Fear Dearg a andar hacia adelante o ser pisado por él.
“Los sidhe siempre han tenido belleza”, el dijo, como si no le molestara, “pero estás diciendo, mi reina, que tu nunca has visto tal glamur de los sidhe. No en todo tu vida, ¿eh?”
La puerta de Fael estaba enfrente de nosotros ahora. Era toda de cristal y madera, muy pintoresco y pasado de moda, como si fuera una tienda desde décadas anteriores a ésta.
“Necesito hablar con alguno de los semiduendes,” dije.
“Sobre los asesinatos, ¿eh?” preguntó.
Paramos de movernos por un latido de corazón, de repente estaba detrás de los hombres y solo podía alcanzar a ver el borde de su abrigo rojo alrededor de sus cuerpos.
“Oh, oh” el Fear Dearg dijo con una risita. “Pensáis que soy yo. Pensáis que degollé sus cuellos.”
“Lo hacemos ahora,” dijo Doyle.
El Fear Dearg se rió, y fue la clase de risa que si la oyeras en la oscuridad, sentirías miedo. Era la clase de risa que disfruta del dolor.
“Podéis hablar con el semiduende quien huyó a aquí para contar el cuento. Ella estaba llena de toda clase de detalles. Ella estaba histérica, balbuceando sobre la muerte vestida como las historias para niños completándola con selectas flores en sus manos.” El hizo un sonido de disgusto. “Cada hada sabe que ningún hada de las flores podría elegir una flor y matarla. Se ocupan de ellas.”
No había pensado en esto. El estaba absolutamente en lo correcto. Era un error humano, tal como en el ejemplo de antes. Algún hada podría guardar las flores elegidas vivas, pero no era un talento común. A la mayoría de los semiduendes no les gustaban los ramos de flores. Les olían a muerte.
Como fuera nuestro asesino era humano. Necesitaba contárselo a Lucy. Pero tenía otro pensamiento. Intenté empujar a Doyle, pero era como intentar mover una pequeña montaña; podía empujar, pero no haría muchos progresos. Hablé alrededor de el. “¿Vio este semiduende la matanza?”
“No” y por lo que pude ver de la pequeña marchita cara del Fear Dearg parecía realmente triste, “ella fue para atender las plantas que están en la colina que son suyas y encontró a la policía justo allí.”
“Necesitamos hablar con ella.” Dije.
Asintió el cacho de cara que podía ver a través de los cuerpos de Doyle y Frost. “Ella está detrás con Dobbin quien intenta calmar sus nervios.”
“¿Cuánto tiempo lleva aquí?”
“Pregúntale tu misma. Dijistes que querías hablar con un semiduende, no específicamente con ella. ¿Por qué quieres hablar con uno, mi reina?”
“Quiero avisar a los otros que podrían estar en peligro.”
Se giró para mirarme fijamente a través del hueco que le dejaban los hombres. Los ojos negros se encresparon sobre los bordes, y me di cuenta de que estaba sonriendo. “¿Desde cuándo a los sidhe les importa una mierda como muchas hadas de las flores se pierden en L.A.? Una docena se marchitan cada año por tanto metal y tecnología, pero ninguna corte permitiría que regresaran para salvar sus vidas.” La sonrisa se apagó cuando terminó, y lo dejó enfadado.
Luché por alejar la sorpresa de mi cara. Si él hubiera dicho solo lo que era verdad, yo no lo hubiera sabido. “Si no me importaran no estaría aquí.”
El asintió solemnemente. “Espero que te importen, Meredith, hija de Essus, lo espero fervientemente.”
Frost se giró y Doyle se abrió para permitirle total atención al Fear Dearg. Frost estaba mirando detrás nuestra y me di cuenta de que formábamos una pequeña línea.
“¿Os importa?” preguntó un hombre.
“Lo siento,” dije, y sonreí. “nos estábamos poniendo al día con unos viejos amigos.” El sonrió antes de que él pudiera decir algo más, su voz era menos impaciente al decirnos, “bueno ¿podríais poneros al día dentro?
“Sí, claro,” dije, Doyle abrió la puerta, hizo al Fear Dearg ir primero y luego entramos nosotros.
sábado, 12 de junio de 2010
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muchas gracias, un trabajo genial
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