sábado, 26 de junio de 2010

Capítulo 9

Gilda era una visión de luz, encaje y brillos, su vestido, que le llegaba hasta el suelo, tenía dispersos diamantes que atrapaban la luz, cuando ella se movía, en un blanco círculo brillante centelleante. El vestido era azul pálido, pero los destellos de los diamantes eran tan numerosos que casi hacían una elegante cubierta de encaje, así la ilusión era que había un vestido hecho de luz y movimiento bajo el vestido actual. Parecía un poco llamativo para mí, pero hacía juego con el resto de ella, desde su impresionante corona de cristal sobre sus rubios tirabuzones hasta la varita de dos pies de largo con punta estrellada.

Ella era una mágica versión de una película de hada madrina, pero ella había sido la encargada de vestuario de películas en 1940, así cuando la magia salvaje la encontró y le ofreció un deseo, las ropas eran importantes para ella. Nadie sabía la verdad sobre cómo le había sido ofrecida la magia. Ella había contado más de una versión con el transcurso de los años. Cada versión haciéndola parecer más heroica. La última de las historias trataba sobre algo de rescatar a unos niños de un coche ardiendo, creo.

Ella agitó la varita alrededor del cuarto como una reina agitando su cetro hacia sus súbditos. Pero había una espina de poder mientras la varita se movía pasándonos. Cualquier otra cosa era ilusión sobre Gilda, pero la varita era real. Estaba hecha por habilidad feérica, pero más allá nadie había podido decir que era la varita, y de donde había venido. Las varitas mágicas eran muy raras entre nosotros, porque no las necesitábamos.

Cuando Gilda había hecho su deseo, ella no se había dado cuenta que casi todo lo que ella quería la marcaría como una falsificación. Su magia era lo suficiente real, pero la manera en que ella la hacía, todo sobre ella era más cuento de hadas que de hadas realmente.

“Ven aquí pequeña,” dijo, y Bittersweet voló hacia ella. Cualquiera que fuera la clase de hechizo de compulsión, que ella tenía en su voz, era fuerte. Bittersweet se acurrucó en sus dorados tirabuzones, perdida en el deslumbre de luz. Gilda se giró como si fuera a dejar la habitación.

Lucy la llamó, “perdóneme, Gilda, pero no puede llevarse a nuestro testigo aun.”

“Soy su reina. Tengo que protegerla.”

“¿Protegerla de qué?” preguntó Lucy.

El espectáculo de luz dificultaba poder leer la cara de Gilda. Pensé que ella parecía enojada. Su perfecta boca hacía un infeliz mohín. Sus perfectos ojos azules entrecerrados. La última vez que la vi, ella estaba cubierta por polvo dorado, desde sus pestañas hasta el borde de su vestido. Gilda siempre era dorada, pero cambiaba con sus ropas.

“Acoso policial,” dijo. De nuevo ella se giró como si se fuera a ir.

“No acosamos a nuestra testigo,” dijo Lucy.

Robert dijo, “parece como si tuvieras prisa por irte, Hada madrina, casi como si no quisieras que Bittersweet hablara con la policía.”

Se giró hacia nosotros, e incluso a través de toda la ridícula luz y brillos ella estaba enfadada. “Nunca has tenido una lengua cortés, brownie.”

“Una vez te gustó lo suficiente mi lengua, Gilda,” el dijo.

Ella se ruborizó del modo en que las rubias y las pelirrojas lo hacen, hasta el borde de su pelo. “La policía no me permitió traer a toda mi gente aquí dentro. Si Oberon estuviera aquí no te atreverías a decir ese tipo de cosas.”

Frost dijo, “¿Oberon? ¿Quién es Oberon?”

Ella le frunció el ceño. “El es mi rey, mi consorte.” Estrechó sus ojos de nuevo, pero mas como si ella estuviera bizqueando. Me pregunté si las luces de los diamantes eran lo suficientemente brillantes como para afectarle la visión. Ella estaba actuando como si lo fueran.

Su cara se suavizo de pronto. “El Asesino Frost. Había oído que estabas en L.A. Estaba esperando a que me visitaras.” Su voz de repente era dulce y burlona. Había algo de poder en su voz, sobrepasándome como el mar a una piedra. No pensaba que fuera por mi mejorado escudo. Pienso que el encanto simplemente no era para mí.

Se giró y dijo, “Oscuridad, la Oscuridad de la Reina, ahora exiliada de nuestra tierra de las hadas. Había esperado que ambos entraran a mi corte. Ha pasado mucho tiempo desde que había visto a algún hada. Me encantaría que me visitarais algún día.”

“Tu magia no funciona con nosotros.” Dijo Doyle con su profunda voz.

Un escalofrío la recorrió, haciendo que la parte superior de su corona vibrara, el encaje azul tembló, y los diamantes enviaron pequeños arcoíris alrededor de la habitación. “Ven aquí y trae esa grande y profunda voz contigo.”

Frost dijo, “Ella nos está insultando.”

“Más que nosotros,” dijo Doyle.

Cogí bastante aire, y lo dejé ir lentamente, y me moví hacia delante pasando a los policías. Mis hombres se movieron conmigo, y sentí que Gilda sinceramente pensaba que su encanto estaba funcionando. Ahora que habíamos visto lo que ella le había hecho a Bittersweet, y lo que ella había intentado hacer a mis hombres, íbamos a tener que echar un duro vistazo sobre como ella conseguía que los duendes menores le obedecieran. Si todo esto lo hacían mediante la magia y la compulsión y no libremente, era bastante malo.

“Ambos viniendo a mí, que maravilloso,” dijo ella.

“¿Me he perdido algo?” preguntó Lucy como si pasara de ella.

Susurré, “Un concurso de meadas.”

Gilda no podía seguir actuando como si no me viera. Continuó sonriendo a Doyle y a Frost, como si aun pretendiese que ellos estaban acercándose a ella. Ella realmente mantenía su mano a una altura superior a la mía, como si fuera a pasarme por encima.

“Gilda, Hada madrina de Los Ángeles, te saludo,” dije, con una voz baja pero clara.

Ella hizo un pequeño sonido como un humph, luego me miró, bajando su mano como si lo hiciera para eso. “Merry Gentry. De vuelta a la ciudad, ya veo.”

“Toda la realeza feérica sabe que si algún miembro de la realeza señala su título, debe señalar también el del otro, o es un insulto que solo puede ser resuelto por un duelo.” Eso era mitad verdad, había otras opciones, pero un duelo era el final de todas las otras opciones. Pero Gilda no sabía eso.

“Los duelos son ilegales,” dijo ella remilgadamente.

“Como lo es la compulsión la cual roba la libertad de cualquier ciudadano legal de los Estados Unidos.”

Ella pestañeó, frunciendo el ceño. Bittersweet se abrazó a los tirabuzones de Gilda, medio dormida, como si tocar a Gilda hiciera el encanto de hada madrina incluso más fuerte. “No sé de lo que estás hablando.”

“Si, lo sabes,” dije, y me acerqué, así que la luz alrededor de su vestido se reflejaba en mis ojos tricolores y en mi piel luz de luna. “No te recuerdo siendo tan poderosa la última vez que nos vimos, Gilda. ¿Qué has estado haciendo para ganar este poder?”

Estaba lo suficientemente cerca para ver el flash de miedo en sus perfectos ojos azules. Lo enmascaró, pero había estado allí. ¿Qué había estado haciendo que no quería que nadie se enterase? Tuve el pensamiento de que quizás ella realmente no había querido que Bittersweet hablase con la policía. Quizás Gilda sabía más de los asesinatos de lo que aparentaba. Había encantamientos demoníacos, encantamientos olvidados, que permitían a un hada robar el poder de alguien menos poderoso. Había visto a un mago humano el cual había perfeccionado esto de manera que el podía robar poder de otros humanos quienes tenían solo débiles trazas de sangre feérica. Él había intentado violarme. No, no lo maté. El sidhe traidor, quien le había dado al humano el poder, lo mató, antes de que nosotros pudiéramos usarlo para hacer volver el poder hacia su maestro. El traidor estaba muerto ahora, también, todo estaba equilibrado.

Luego comprendí porque había notado al aspirante rubio en el café. Habíamos matado al mago principal del anillo de magia de ladrones y violadores, pero no habíamos cogido a todos ellos. Uno de ellos había sido descrito como un no circuncidado aspirante con un largo pelo rubio llamado Donald. Podría ser una gran coincidencia, pero había visto grandes coincidencias en la vida real. ¿Estaba robando magia lentamente durante meses tanto que había incrementado gradualmente hasta robar toda la magia de los semiduendes de una vez? Solo era magia que guardaban los más pequeños de nosotros para sobrevivir fuera del mundo de las hadas.

Algo debió mostrarse en mi cara, porque Gilda preguntó, “¿Algo va mal? ¿Por qué me estás mirando de esa manera?”

“¿Conoces a un aspirante a elfo llamado Donald?”

“Nunca trato con los falsos elfos. Ellos son una abominación.”

Pensé que su elección de palabras fue interesante. “¿Tienes un amante sidhe?”

“Eso no te concierne.”

Estudié su ofendida cara. ¿Sabría ella la diferencia entre un aspirante bien hecho y uno real? Dudé que ella hubiera estado con un sidhe verdadero de las cortes, y si nunca habías estado con uno de verdad tendrías problemas detectando el falso.

Sonreí, y dije, “agarra ese pensamiento.” Empecé a ir hacia la puerta detrás de ella. Doyle y Frost me siguieron como sombras.

Lucy me llamó, “Merry, ¿a dónde vas?”

“Necesito comprobar una cosa en el café,” le dije pero siguiendo en movimiento. La habitación estaba espesa con tanta gente, policías de diferentes tipos, y el séquito que seguía a Gilda a cualquier parte, y que la policía no había permitido entrar en la habitación. Ellos eran un bonito lote, casi tan brillantes y espectaculares como su señora. Todavía había clientes en las mesas, mezcla de humanos y hadas. Algunos tomando té y pasteles, pero otros estaban allí simplemente mirando embobados.

Empujaba de mi camino al gentío, hasta que Doyle se movió delante de mí y la gente parecía que se apartaba sola de su camino. Cuando el quería el podía ser muy intimidante. Había visto hombres salir de su camino sin siquiera el conocimiento de por qué ellos estaban haciendo eso. Pero cuando Doyle consiguió llevarme a través del gentío, la mesa en la cual había estado el aspirante rubio estaba vacía.

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